miércoles, 23 de diciembre de 2009

Cuestión de cabezas


Método innovador: trasplante de cerebros. Una mujer ruluda lo anuncia en la televisión con poco interés en su mirada, la espera algo mejor en su casa, parece decir eso o lo insinúa. Simultáneamente a la noticia miles de mentes vacías encuentran una solución, nadie piensa que es algo determinante. Raymundo reflexiona y saca conclusiones mientras va por el quinto cigarrillo: uno va a empezar a ser otra persona, porque no hay posibilidad de descartar una vida grabada en un cerebro, por ende, el resquicio de personalidad será intercambiado. Sus pensamientos son interrumpidos por la voz de la periodista que bromea sin demasiada gracia y dice que los donantes deberán ser lo suficientemente interesantes para necesitar su cerebro. Raymundo completa esa idea y cree que en realidad se trata de donantes no huecos.
De pronto esta novedad invade los medios e incluso los almuerzos y las cenas con los desayunos improvisados incluidos y también los comentarios en el baño frente al espejo de mujeres arrugadas. A Raymundo simplemente esta posibilidad le genera escalofríos en el cuerpo y también en el cerebro, y como busca una razón a todo (por eso está solo), no comprende para qué sirve un trasplante de cerebro. Un segundo eterno, de esos que no terminan nunca lo detiene en el hall y elabora una teoría apresurada. Si de pronto éste método se transformara en costumbre y fuera algo así como la cura a un resfrío, habría transferencia de personas y de vidas de un cuerpo a otro y sería ad finitum. Sería más que tentador, aún sin necesidad de despreciar la mente propia, tener, sumergirse en lo que el otro fue y dejarse llevar por eso. Corre entonces desesperado a buscar uno de los libros de Freud que su padre le regaló cuando empezó psicología y nunca supo que abandonaría, y allí cree que habrá más respuestas, pero… ¿qué iba a saber Freud que en un momento la tecnología se burlaría de su precaria tesis?. Recurre al capítulo de Lo siniestro y la frase de Shemill “algo que de haber permanecido oculto igual se ha manifestado”, claro, ese algo está en lo inconsciente, pero lo inconsciente es propio y sorpresivo toda la vida, sobre todo en los sueños. Por Dios, dónde iría a parar todo esto… da unos pasos hacia atrás y tambalea una estantería con libros pero no se cae, cree que la estantería de Freud si se caerá y con ello todas sus obras interminables en la repisa. Todo lo solemne se esfuma cuando suena el timbre dos veces. Abre, Miguel, el amigo prosaico. Entra como siempre sin permiso y se ríe muchas veces en su cara pero no de él, sino de la mayor preocupación de Raymundo en ese momento, el trasplante de cerebros, una frase le hace eco y choca contra sus costillas: “qué verseros que están los médicos hoy en día, todo eso para sacarse unos pesos más”.
Raymundo sentado en su sillón piensa qué cerebro le gustaría tener en ese momento, pasan por su cabeza los nombres más reconocidos pero ninguno le interesa, nada de fórmulas y logaritmos. Sí en cambio el de un alpinista al llegar a la cima, el de un nadador a punto de tirarse del trampolín, el de una mujer al salir de la peluquería y verse más linda. Y bucea, por el tiempo, por las experiencias, por las imágenes y no encuentra mejor mente que la cotidiana. Ahora piensa, su cerebro es de lo más común que existe, sin embargo aprecia mucho las reflexiones que produce antes de dormirse y el modo en que entiende a la vida, no cambia por nada la pasión con que lee el diario y no reemplazaría tampoco su infancia en el campo con sus abuelos. Qué más interesante que eso, que lo que uno es y qué más preciado, como nada en el mundo, que el punto de vista propio. Ahora Raymundo se ha dormido y probablemente sueñe, su cerebro se encargará de fabricar alguna historia, y al otro día despertará asombrado porque el inconsciente develó algún secreto. Nadie puede apropiarse de eso, ni siquiera la ciencia.

martes, 3 de noviembre de 2009

No puedo olvidar recordar

No recuerdo si aún tengo memoria, por eso le pedí que escribiera todo lo que había olvidado.
No pensé que en un pequeño papel pudiera caber toda una vida, ella escribió dos frases: “corrí por el jardín”; “la mano de mi mejor amigo sobre la mía”, y eso me pareció suficiente, sin embargo me preguntó qué más podía escribir. Le pedí una semana para poder resucitar algo en mi memoria, y el único resultado fueron dos lágrimas.
Cada tarde veía a mis nietos llegar de la escuela y sentarse en el umbral de la puerta a comer caramelos, hablaban en un lenguaje ya ajeno al mío. Nada se parecía a mis recuerdos, era imposible encontrar algo que los represente. Fue entonces que descubrí el poder la memoria. Busqué fotografías de mi vida, y eran viejas como yo, alguna prenda especial, alguna canción o alguna poesía, no había coincidencia, yo quería decir otra cosa. Necesitaba encontrar la pureza de una imagen, próxima o lejana que me derribara alguna noche, esa sensación infantil de ser sueño o realidad que ahora no lograba. Todos los días empezaba a vivir y no sé qué quedaba atrás.
Los otros podrían ayudarme, quizá podría verme en alguien con los años que ya no tenía, alguno, de todos los que existen en este mundo podría parecerse a lo que fui y entonces sería muy fácil reconocerme. El espejo me devolvía una imagen vacía, un manojo de arrugas y una mirada perdida. Esa no quería ser yo, la mujer del tiempo que no se dio cuenta de su vulnerabilidad no me interesaba. Buscaba a la otra, a la que aún era pero nadie veía, y esa otra estaba escondida aquí dentro de mi cabeza, y yo no podía revivirla.
Mi hija seguía con la hoja en blanco esperando que yo la llenara.
Sin embargo, una mañana, mientras abría el ropero para cambiar esta figura desnuda, pude ver en la madera de la puerta una inscripción, una fecha, “10-07-45” , una muchacha joven me tomó el brazo y me sacudió, no sé de donde habría salido.

sábado, 26 de septiembre de 2009

El mismo camino

Un día yo seguí a un loco.
No pensaba encontrarme con nadie, la vereda, en su vista panorámica, estaba vacía, la gente únicamente cruzaba la calle para estar rápidamente al frente, no sé porqué…
Tenía tiempo y me pareció interesante dejarme llevar por la locura de otro, aunque ahora que lo pienso mejor, ¿qué es la locura?. Acaso los dos caminábamos de la misma manera y hacíamos dos pasos cada cinco segundos, y mirábamos el semáforo y nos extrañaba cómo el viento se llevaba los diarios de días pasados. Nada nos diferenciaba. Los dos teníamos rumbos aunque yo seguía el suyo, pero la objetividad del destino era idéntica.
Lo seguía y él no lo advertía. Los locos creen que nadie los sigue por admiración o placer, en cambio, aún así tristemente se sienten perseguidos. Alguien les puede hacer un daño o los está buscando. Qué sucedería si por un momento él supiera que me interesaba saber a dónde iba.
Yo disponía de todo el tiempo del mundo y parecía que el loco también, los dos caminábamos tranquilos y cruzábamos la calle con el mismo cuidado. De pronto, comencé a sentirme extrañamente identificada con él. Se transformó en mi alter ego, porque si tanta curiosidad me despertaba seguirlo algo mejor que yo tenía. Qué sería eso superior entre nosotros. No se trata de una comparación improvisada. Sostengo, que ese ser, tenía algo supremo que me disminuía. Me detuve y lo miré, su espalda seguía caminando, qué pasaba si yo no lo seguía más, qué se llevaba él consigo, qué iba a perder yo de mí con ese loco. Efectivamente, lo perdí un poco de vista y un vacío me invadió, uno de esos vacíos inexplicables en los que uno está toda la vida preguntándose con qué los llena. Desesperada, corrí, busqué en las cuadras siguientes su paso despreocupado. Allí lo vi, parado en una esquina, dispuesto a cruzar, destino claramente definido, su casa. Dónde viven los locos, qué lugar definen como su hogar. El resto vive solo, ellos están juntos, se están defendiendo, de nosotros.
Ahí me paré, a su lado, a la par, iguales. Él me miró, despreocupado e inmutable, pero pude percibir que una sonrisa asomaba, producto de la alegría de estar loco. Y me sentí loca, y me contagió, y lo seguí a su casa, a donde estaban todos, defendiéndose.

sábado, 22 de agosto de 2009

Los ojos de otros nos miran



El bar los esperaba o ellos esperaban al bar. Todos los martes se veían y respiraban el aroma a café en una suerte de espiral que los envolvía.
Cómo es posible que el cine nos haga llegar tan lejos, cómo es posible que tengamos alas y podamos salir volando de una sala sin siquiera rozar los mosaicos. Livianos ir por sobre la avenida y por sobre los autos tocando casi los cables de televisión. Mauricio había llegado volando al bar donde su amiga lo esperaba, no necesitó que le abrieran la puerta porque entró por la ventana. La película le atravesó el alma y la historia lo hizo personaje. Un café lo esperaba, ya casi tibio, y ella le sonreía, como lo había hecho la actriz en la penúltima escena antes que el viejo del proyector prendiera la luz y todos salieran rápidamente al baño para secarse las lágrimas.
El cine une a la gente y la hace hablar en los pasillos, todos parecen haber estado en esa historia, aún caminando por la vereda encuentran ganas de comentarles a desconocidos lo que sintieron, como cómplices de un mismo evento. Eso era lo que creían estas dos personas que entraban volando a un bar y se sentaban para poner en común esa sensación.
Cada martes, uno de ellos exhalaba una idea y el otro la aspiraba, era como una especie de respiración recíproca, como un único cuerpo que se alimentaba de aire cinéfilo, que olía a pasado e inmortales miradas.
Un martes, uno de los tantos en los que se reunieron en el bar, Mauricio trajo en sus manos una mirada que había tomado de la pantalla, abrió con cuidado las manos y se la mostró a su amiga, eran unos ojos negros que parpadeaban algunas veces con tranquilidad. Él había elegido únicamente esos ojos porque en ellos estaba depositada toda la historia de su vida, sorprendido descubrió que su vida figuraba intacta en esas pupilas, entonces pensó que esos ojos no podían ser más que suyos. Su amiga le sonrió otra vez con ternura y no vio nada en esas manos, sino toda su humanidad dibujada en lo que decía.
Sí, probablemente esos eran sus ojos, pero aún así sus manos eran exactamente las de siempre, por eso ella las tomó y las sintió tibias. Otra vez respiraron el mismo aire, y se miraron con los ojos de otros, que desapercibidamente, habían quedado para siempre en la pantalla.

Basada en una hermosa sensación al ver la
película El secreto de sus ojos.

martes, 30 de junio de 2009

Pasos hacia atrás

Los pasos la habían aturdido desde temprano, pero aún así ella no dejaba de caminar.
Era la cuarta vez que recorría la misma cuadra y aún ese ruido permanecía a su lado, quizá no a su lado sino unos metros detrás. Se parecía a los pasos que ella daba cuando llegaba tarde al trabajo, acentuados, permanentes, sordos. Todavía así no podía reconocerlos a pesar de que la estaban invadiendo de a poco.

El paisaje la mareaba cada vez más al punto de identificarse con esos árboles que daban el mismo giro cuando pasaba. ¿Para que caminaba tanto? ¿A dónde quería llegar realmente?, empezó a comprender que ese objetivo estaba íntimamente ligado a su necesidad de saber quién estaba detrás suyo, era alguien tan complicado que no había pensado en darse vuelta para saberlo.
Poco a poco sus pensamientos también comenzaron a ser invadidos por ese eco, ya no se trataba de un sonido exterior que la perturbaba físicamente sino que la materia espiritual comenzaba a asfixiarse. Poco a poco ya no era ella, era eso, eso que la seguía cada vez más insistentemente. Era el otro.
Optó por cambiar el camino y meterse por unas callecitas anónimas, pero esos pasos seguían, Dios, y cómo…
Sintió que únicamente la noche la observaba. ¿Qué era todo esto?, su identidad poco a poco empezaba a desgranarse y la voz se le escapaba por el aire que respiraba. Los años empezaron también a disminuir al punto que se convirtió nuevamente en una analfabeta y cuando llegó a la plaza principal empezó a gatear. Las palabras ya no tenían sentido en su boca, sino que eran un montón de balbuceos inútiles.
Los pasos dejaron de existir, y ella se durmió sobre un banco con el arroró de la calesita.

martes, 19 de mayo de 2009

El laberinto del fin


Hace dos días que tendría que haberlo hecho. Ayer, vi que empezaba a leer un libro y me dio pena que no pudiera terminarlo. Ahora, de nuevo, está sacando algo de su maletín con inquietud y pienso que puede llegar a ser algo que lo motive a seguir viviendo. Por ahora lo observo, pero realmente no estoy seguro cuándo apretaré el gatillo. Lo que me llevaría sacar la mano del bolsillo es el mismo tiempo en el que probaría un sorbo de café y eso es también disfrutar la vida.

Hoy lunes no ha sacado ese libro, puedo suponer que lo ha terminado de leer a la noche, quizá le ha llevado más de seis horas llegar al final y eso no lo ha dejado dormir. Es probable que elija leer para aprovechar sus últimas horas, horas que en realidad dependen de mí, y de lo que yo haga con este revólver.
Pasa la mañana entera y no sale de ese bar. Ya ha fumado demasiado y el mozo se ha cansado de traerle café. Les ha sonreído a dos nenes y ha mirado a dos mujeres solas. Por un momento intentó ponerse el sobretodo y salir, pero algo en la televisión que cuelga del techo lo ha obligado a volver a sentarse.
Creo que es mejor que salga, la sangre va escurrir por la vereda y llegar a la alcantarilla, ahí se mezclará con los orines y eses de la gente que en este momento cruzan la calle. La vida se irá callada, junto con el ruido del río de agua podrida. No sería bueno que en un bar tuvieran que limpiar muerte. Si hay algo que aprendí de ser asesino, es encontrar el lugar exacto donde darle fin a la gente. Cada persona, de manera distinta, tiene un lugar específico para morir, sino lo hace allí, puede suceder que en un tiempo no se lo recuerde.
Él debe morir en la vereda, justo al salir del bar, cuando ya haya pagado su último café y tirado su viejo cigarrillo.

Tengo hambre, pero no puedo moverme de aquí. Alguien entra. Una mujer con un niño, busca con la cabeza a alguien, a él. Se está sentando, el niño quiere irse, solloza. La mujer habla mucho y le muestra papeles. Pensé que había resuelto todo en su vida, que sólo le quedaba morir. Esto no tiene sentido. No puedo pensar en el fin de alguien con tantas personas vivas a su alrededor. La mujer lo está acariciando, llora. El niño sube a su falda, juega con su collar de perlas. Él la rechaza, quiere que se vaya y se está enojando. Saca algo de su maletín, no son los cigarrillos, es dinero, mucho dinero. Se lo da. La mujer se va y lo saluda desde la puerta con el niño en brazos que llora con desesperación. Pero yo no escucho nada, no escucho los sonidos del fin porque estoy con Bach en los oídos, siempre he dicho que la música clásica permite que la muerte sea más hermosa. Otra vez solo, otro cigarrillo. Creo que me vio… debo esconderme, ¿a dónde?, gira su cabeza, no puede haberme visto, el plan era lo inesperado, pero algo no puede ser más esperado que esto.
Necesito que deje de estar en contacto con la vida. Debe separarse de esa aureola que nos envuelve cuando caminamos y sabemos que nuestro fin está lejos, pero que somos finitos. Debe resignarse, debe terminar de fumar, de ver televisión, de mirar a la gente reír, al mozo secar los vasos, a la cajera contar billetes, a los viejos planear la muerte.

Un momento, está por salir, toma su sobretodo de manera definitiva y se despide del olor a café. El sonido de Bach lo llama. Está hipnotizado. Sale. Mano en el bolsillo, revólver helado que entra en contacto con la mano, dedo en el gatillo. Pasos de esclavo, llega a la esquina, metros de la alcantarilla. Dedo en el gatillo, dedo en el gatillo, fuerza. Un silencio. Una caída. Sangre infinita.

domingo, 17 de mayo de 2009

Pequeño homenaje al Gran Mario Benedetti

Un poeta muere cuando sus poemas ya no producen nada...

Corazón coraza

Porque te tengo y no
porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos
porque la noche pasa y digo amor
porque has venido a recoger tu imagen
y eres mejor que todas tus imágenes
porque eres linda desde el pie hasta el alma
porque eres buena desde el alma a mí
porque te escondes dulce en el orgullo
pequeña y dulce
corazón coraza
porque eres mía
porque no eres mía
porque te miro y muero
y peor que muero
si no te miro amor
si no te miro
porque tú siempre existes dondequiera
pero existes mejor donde te quiero
porque tu boca es sangre
y tienes frío
tengo que amarte amor
tengo que amarte
aunque esta herida duela como dos
aunque te busque y no te encuentre
y aunque
la noche pase y yo te tenga
y no.

domingo, 26 de abril de 2009

El hombre que no quería que muera un terrón de azúcar

Cecilio había descubierto lo que nadie todavía hubiera pensado. La gente que toma las cosas con azúcar es mucho más dulce o al menos accesible al trato humano.
Todo esto lo pensó un día en que se quedó sin azúcar, ni edulcorante en su casa y tuvo que tomar un té, unos mates y hasta un café amargo. El efecto le duró unas semanas. Recluido en su habitación, solamente salía para ocasiones extremas, como comprar cigarrillos, y no toleraba su reflejo en el espejo porque le delataba un hombre mezquino que en cualquier momento lo insultaría. Probablemente su estado de ánimo no tendría mucho que ver con haberse quedado sin azúcar, quizá algo menos importante, como no tener ningún amigo, lo habría aislado de la sociedad.
Cuando se recuperó estuvo decidido a hacer un estudio de este curioso fenómeno. Tres noches seguidas se infiltró en los bares y restaurantes y se metió los terrones de azúcar, todos sin dejar una miguita, en los bolsillos. Quiso imaginar que la gente que fuera a pedir un café después de la cena o compartirlo con alguna persona, tendría que tomarlo amargo, inevitablemente. El experimento ya se había desencadenado. Dos días después una multitud de amargos divagaba por las veredas del centro. Cecilio notaba cómo se chocaban entre sí y chistaban, lo poco que les interesaba el sol, y la manera en que caminaban, con esa urgencia huidiza de llegar a casa.
Y creyó, con ese poder que puede sentir alguien que logra descubrir algo, que definitivamente el azúcar solucionaba todos esos problemas.

Los terrones de azúcar esperaban viejos, cada vez más viejos en los bolsillos de su sobretodo. Los había olvidado, una vez que comprobó su teoría.
La noche del lunes, una idea que lo pinchaba le hizo saltar de la cama. Con el pijama a medias y los pies congelados se sentó sobre su sillón desvencijado y tomó uno de los terrones de azúcar. Lo retuvo entre la palma de sus manos un momento y lo acarició con los ojos. El terrón, poco a poco se estaba desgranando. En unas horas iba a formar parte de un montón de azúcar junto con los terrones compañeros y se transformaría en una determinada proporción de azúcar que alguna cocinera utilizaría.
No se dejó llevar por el duelo, todavía estaba a tiempo de salvarlo. “Este terrón simboliza la dulzura de la gente, si se muere, morirán los otros y ya no habrá nadie, pero nadie, a quien le gusten los abrazos”. La suya era una misión importante. Pero el tiempo, el tiempo también diluye todo, incluso esto. Con las reflexiones haciéndole cosquillas se dirigió hacia la alacena y tomó un frasco opaco de tantos años. Ahí metió el terrón tirando el resto de los terrones del bolsillo. Esa noche no durmió.

martes, 14 de abril de 2009

Cliché de comisuras

Desde los suburbios de mi boca
te beso
aunque tus labios
se hayan mudado de esquina

jueves, 9 de abril de 2009

Pérdida a la mitad



Hacía dos semanas que no la veía, o mejor dicho, que no había vuelto a ver la llegada de su sombra por la esquina y doblar para tomar el colectivo con él.

Los humanos tantas veces están junto a cosas que no descubren, podría hasta decirse que viven rodeados de lo mínimamente hermoso, pero es invisible, o está en el aire, y los ojos necesitan las formas para encontrarle un sentido a la existencia y valorarla. Lo bello es transparente, como el aire que deja alguien que pasa, y se transforma únicamente, en una ausencia perfumada.
Tristán había empezado a sentir ese vacío. Poco a poco su cuerpo se iba despojando de sensaciones, y terminaba aferrado, con furia, a una sola, la posibilidad de sentir algo por alguien. Quien entraba a su casa se olvidaba de lo que era una necesidad, un espacio asfixiado de cosas caras y de poca o ninguna utilidad. Toda su vida se había dedicado a conseguir lo novedoso, a querer sorprender a los otros con un objeto nuevo y único, nunca se preguntó para qué compraba esas cosas, ni tampoco si realmente lo quería. Con el tiempo lo que empezó a faltar de llenar fue su interior. Nadie puede armar un lindo living, ni poner unos cuantos floreros de cristal sobre la mesa del alma. Ahí adentro uno está solo y tiene que encontrar la manera de poblar ese terrible desierto.

Tristán no sabía que esto le estaba pasando, nunca lo supo. Todas las mañanas, cuando iba en colectivo a trabajar, millones de personas subían y bajaban dejando el mínimo rastro de haber estado allí. Caras anónimas iban y venían y a Tristán eso no le importaba. Aunque, todas esas mañanas en esa vorágine de dirigirse a alguna parte, alguien estaba. Una chica con ojos grises siempre se paraba al lado de Tristán y trataba de rozar su mano, nunca lo había podido lograr, porque él siempre optaba por el caño de arriba, y sin nadie saberlo, todos los días era una batalla constante en la que dos manos querían conocerse y tocarse, una lo sabía, la otra lo sospechaba.
La chica de ojos grises siempre bajaba en su parada absolutamente derrotada. Pensaba que no volvería a verlo, o que si lo veía, él tampoco la descubriría.
¿Y cómo se puede hacer para que alguna magia del tiempo, de esas que encantan a los árboles en invierno, produzca alguna especie de revelación momentánea, que modifique todos los odiosos órdenes existentes, y sacuda el frío con el que laten los corazones?, no, esas cosas no pueden suceder. Si puede suceder que Tristán, un día, se diera cuenta que la muchacha de los ojos grises lo estaba mirando. Justo en el momento en que ella tocaba el timbre, el colectivo frenaba y bajaba sin demasiado ritmo. Y ahí, en ese instante, él sintió que se le iban un montón de sensaciones nuevas de las que no se había apropiado, justo en el momento en que la puerta terminó de cerrarse y el colectivo volvió a arrancar. La mente es poderosa, o intenta serlo, para hacerle un favor a este muchacho sin esperanzas, le trajo un montón de recuerdos que había reprimido e iluminó su memoria. Casi como una suerte de film mudo de los años veinte, las imágenes se repetían con una melodía que sonaba a despedida. Recordó que ella siempre había estado sentada a su lado en la parada, y que llegaba justo diez minutos después de que él se sentara en un tronco parecido a un banquito. Supo que conocía su sombra mejor que nadie, y que podía distinguir de lejos el color de su bufanda.
Todas estas imágenes en su cabeza sólo representaban lo lejos que en ese momento la muchacha de ojos grises estaba. Probablemente cruzando una avenida muy transitada, o quizá llegando a su casa y buscando la llave en su cartera.
Tristán empezó a sentir que había perdido algo, algo que todavía no había tenido. Entendió que en un segundo, no sabía bien de qué día y de qué hora, una mínima posibilidad se le escapó, y se había parecido mucho al aire que en ese momento se iba de sus pulmones.
Ya no tenía demasiado de ella sin siquiera conocerla. Cuando iba volviendo para su casa se detuvo un momento y vio que su sombra se separaba lentamente de él hacia la esquina. Dos minutos después se iba con otra, la de la muchacha de ojos grises.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Atmósfera

Voz que no puede decir nada
y calla

Besos que quieren vivir y
los mata el cuerpo

Las palabras, tus palabras, mis palabras
y todo el silencio que las esconde

Mínima distancia
roce pequeño y atormentado
Calor
de aliento
y deseo

Una vez más te vas
dejándome
con un grito en el pecho

sábado, 14 de marzo de 2009

Filosofía de colectivo

Nadie le hubiera dicho que iba a terminar ahí, sentado en un colectivo y saludando a la gente. A Bruno no le importaba demasiado. Toda su vida estaba hecha de buenos consejos, de caminos que él nunca transitaría, siempre alguna cara borrosa se le asomaba y le recomendaba que hiciera otra cosa. Pero ¿cómo explicar que él era feliz siendo chofer?
Todo había empezado cuando se fue de casa, el día en que le dijeron que el póster de Kiss en su habitación atentaba contra el Señor. Y él les preguntó qué señor. Su madre, una mujer gorda y llena de modales inútiles quería que Bruno fuera no sé qué cosa. Su padre, un tipo flaco y muy alto siempre asentía con la cabeza y prendía un cigarrillo. Ése día, Bruno se fue a la libertad. No la libertad de dejar su casa y mantenerse solo, sino esa satisfacción de tomar decisiones propias y que ninguna voz extraña las sentencie.
El primer tiempo tuvo que arreglárselas en lo de Víctor, un amigo que quería aplastar pollitos como Kiss alguna vez, y por ahora practicaba con los peluches de la hermana. A la mamá de Víctor no le gustó mucho la idea, pero era una mujer contenta que dejaba pasar las cosas. No duró mucho ahí, algunos meses.
Fue en ese tiempo, en el que encontró trabajo en una empresa a las afueras de Córdoba, cuando tenía que viajar mucho en colectivo. Tomaba tres de ida y tres de vuelta, y a pesar de que resultaba bastante cansador, Bruno encontró una mística en esos viajes que fundó una nueva manera de ver las cosas. Descubría, cada día, una historia distinta a través de una situación. En los colectivos pueden verse las cosas sin ser partícipe, y esa es una suerte de observación que pocos poseen. Se preguntaba por ejemplo, porqué las personas se miran tanto entre sí, porqué cada vez que sube alguien, todos lo miran, y después, cuando se suma a esa masa viajante, terminan adaptándose, es como una especie de ruptura en esa realidad, una y otra vez, en la que se van incorporando extraños que empiezan a ser luego conocidos. Se preguntaba también, a dónde van todos, porque todos van a algún lugar, y qué significa esa breve espera, qué tipo de expectativa sostiene esa paciencia con la que muchos van sentados. Más allá de pobres reflexiones casi metafísicas, Bruno encontraba apasionante el viaje en colectivo. A pesar de que para muchos es automático, y la vida también lo es, él se tomaba el tiempo necesario para reconocer de qué se trataba todo eso. Qué magia extraña había juntado a todas esas personas en un vehículo, y las transformaba en compañeras siendo tan anónimas y tan públicas. Nadie volvería a verse con nadie. Alguno que otro quizá se cruce en la calle alguna vez, pero no se identificarán, porque las caras son como sombras de ese viaje, que es único, a pesar de que se repita una y otra vez, y a pesar de que el chofer sienta que da vueltas siempre en un mismo lugar.
Un día, Bruno se acercó a hablar con uno de los tantos chóferes con los que viajaba, y a pesar de que éste no le dio demasiada importancia, se sacó todas esas dudas, en realidad no aclaró ninguna, porque no respondió, ni siquiera reaccionó. Bruno, luego de este gran desengaño tomó una decisión, él mismo sería chofer y filósofo de colectivo, él podría encontrar las respuestas a todas esas preguntas.
No fue demasiado difícil serlo, un pequeño curso preparatorio. Sus compañeros lo encontraron extraño desde el principio, un hombre tan apasionado por ser un simple chofer, no tenía demasiadas explicaciones, muchos deseaban irse, encontrar una mejor opción. Ser chofer estaba relacionado con tener una vida mediocre. Pero esa no era la idea de Bruno, él deseaba conocer el objeto de su inquietud estando inmerso en el medio, había leído en algún lado, alguna vez, que los filósofos del siglo XVIII necesitaban introducirse en la sociedad participando para poder comprender al hombre. Claro que su pretensión era mucho más modesta. Simplemente existía una filosofía de colectivo que nadie todavía había desarrollado.
Así fue que empezó a ser chofer, y cada vez que lo decía su cara se iluminaba o sus ojos se llenaban un poco, no demasiado, de lágrimas. Era melodramático, pero no por una cuestión constitucional, sino porque su madre se lo había inculcado los miércoles de novela, esas novelas llenas de historias fáciles y conmovedoras, Bruno la acompañaba sentado en el sillón, y poco a poco, empezó a ser un poco así, llorón.
El modo en que llevaba a cabo su función era algo inusual. Un chofer común, se limitaría a manejar el colectivo, recibir los cospeles y dar los tickets, y si es algo educado, saludar cada vez que alguien sube. Pero Bruno, además de todo eso, hablaba mucho con la gente, y le preguntaba cosas. En realidad era un exhaustivo estudio, todas las mañanas llevaba una pequeña libreta con preguntas, y se las hacía a la gente que subía. Muchos lo tomaban por curioso, hasta por metido y desubicado, él preguntaba por ejemplo: “¿hacia dónde va?”; “¿cree que podrá seguir en contacto con toda esta gente?”. Era así, que con algunas pocas preguntas que recibía de sus pasajeros, al finalizar el día, llegaba a su casa, y sin siquiera sacarse el uniforme, empezaba a escribir. Escribía teorías, conclusiones e hipótesis abiertas, se sentía cada vez más comprometido, y creía que podía encontrar una gran respuesta. Las respuestas son por lo general, para solucionar algún tipo de interrogante, pero Bruno se había hecho tantas preguntas que no cabía respuesta para satisfacerlas. Duró así seis meses. Él hubiera querido estar toda la vida así, investigando, pero un día lo llamó el jefe de su empresa de colectivos y le pidió por favor que renuncie. Muchas personas habían llamado reclamando sus incumbencias, y las situaciones incómodas que generaba tratando de averiguar cosas que no le correspondía. Bruno colgó y lloró mucho más que por todas las novelas que había visto. No sólo falló su proyecto, sino que descubrió algo muy triste, a la gente, por lo general, no le gusta que la conozcan.