sábado, 22 de agosto de 2009

Los ojos de otros nos miran



El bar los esperaba o ellos esperaban al bar. Todos los martes se veían y respiraban el aroma a café en una suerte de espiral que los envolvía.
Cómo es posible que el cine nos haga llegar tan lejos, cómo es posible que tengamos alas y podamos salir volando de una sala sin siquiera rozar los mosaicos. Livianos ir por sobre la avenida y por sobre los autos tocando casi los cables de televisión. Mauricio había llegado volando al bar donde su amiga lo esperaba, no necesitó que le abrieran la puerta porque entró por la ventana. La película le atravesó el alma y la historia lo hizo personaje. Un café lo esperaba, ya casi tibio, y ella le sonreía, como lo había hecho la actriz en la penúltima escena antes que el viejo del proyector prendiera la luz y todos salieran rápidamente al baño para secarse las lágrimas.
El cine une a la gente y la hace hablar en los pasillos, todos parecen haber estado en esa historia, aún caminando por la vereda encuentran ganas de comentarles a desconocidos lo que sintieron, como cómplices de un mismo evento. Eso era lo que creían estas dos personas que entraban volando a un bar y se sentaban para poner en común esa sensación.
Cada martes, uno de ellos exhalaba una idea y el otro la aspiraba, era como una especie de respiración recíproca, como un único cuerpo que se alimentaba de aire cinéfilo, que olía a pasado e inmortales miradas.
Un martes, uno de los tantos en los que se reunieron en el bar, Mauricio trajo en sus manos una mirada que había tomado de la pantalla, abrió con cuidado las manos y se la mostró a su amiga, eran unos ojos negros que parpadeaban algunas veces con tranquilidad. Él había elegido únicamente esos ojos porque en ellos estaba depositada toda la historia de su vida, sorprendido descubrió que su vida figuraba intacta en esas pupilas, entonces pensó que esos ojos no podían ser más que suyos. Su amiga le sonrió otra vez con ternura y no vio nada en esas manos, sino toda su humanidad dibujada en lo que decía.
Sí, probablemente esos eran sus ojos, pero aún así sus manos eran exactamente las de siempre, por eso ella las tomó y las sintió tibias. Otra vez respiraron el mismo aire, y se miraron con los ojos de otros, que desapercibidamente, habían quedado para siempre en la pantalla.

Basada en una hermosa sensación al ver la
película El secreto de sus ojos.

2 comentarios:

CrZ:Horacio dijo...

-sorprendido descubrió que su vida figuraba intacta en esas pupilas-. Me encanto, en verdad y esta frase en particular me dejo maravillado. La forma en que dibujas realismo fantástico con las palabras es increíble. No he podido ver la pelicula en cuestión: espero sentir al menos la mitad de lo que sentiste. Entré volando por este texto, y creo que todavía sigo ahí. Es genial, te felicito.

CrZ:Horacio.

R. V. Rauber dijo...

Me gustó... la verdad, la película está excelente, y qué hermosamente la sintonizado tu sensibilidad. Un abrazo!