domingo, 25 de abril de 2010

Al otro lado



Hacía dos años, o quizá uno y medio que vivía ahí, al otro lado del mundo. China.
Le había prometido a su madre que haría las cosas con honestidad toda la vida y que aún no estando seguro, diría la verdad. Sin embargo no tuvo en cuenta que traicionarse a uno mismo era la peor de las mentiras. No sólo dejar de ser o de querer, eso probablemente tenía solución con el tiempo, el problema estaba en el temor de ir olvidando de a poco las palabras, las letras con las que en primer grado le había dicho a su hermana “Linda”.
Pasaba de la oficina a su casa y de su casa a la oficina y en el camino se cruzaba con otros chinos que hacían lo mismo aunque algunos se detenían a ver televisión por la vidriera donde otros chinos hablaban de China. Y a pesar de que su jefe le dijo que con este nuevo trabajo había evolucionado y no podía estar mejor, él sentía muy en el fondo que estaba yendo para atrás. No en una especie de mediocridad humana, sino que se le estaba desgastando la identidad de a poco y que en menos de diez años no podría decir nada que no fuera en chino. Seguramente su preocupación pasaba por el lenguaje, pero era un miedo absurdo por cierto, porque nadie se olvida de su lengua. No le molestaba tanto escuchar un idioma ajeno todos los días, como dejar de ver escrito el español.
El primer día sintió vértigo en el aeropuerto y el recorrido del taxi al hotel porque esos signos extraños invadían los espacios públicos y principalmente decían todo lo que quería decirse. Más adelante esas palabras aglutinadas estaban en las voces de las personas y en cualquier objeto que tuviera cerca. Dos síntomas se instalaron en él para expresar este rechazo, mareos y calambre en las piernas, muchas veces debía sentarse en plena vereda porque sentía que alguno de esos carteles se lo comería de a pedazos. Entonces, para encontrar una salida a esta tristeza de ser ajeno, a esta crisis inevitable de no ser ante los otros, comenzó a escribir a la noche, mientras todos los chinos dormían y sus amigos estaban trabajando al otro lado del mundo. Una vez que escribía en su idioma, lo reproducía una y mil veces en voz alta hasta memorizarlo. A la mañana siguiente, cuando se despertaba cansado y sin energías, habían quedado resquicios de ese escrito en su memoria, lo acompañaban durante el día y sonaban con ternura en su cabeza como si los repitiera un niño que recién aprende a hablar.

Su relación con el país de origen y las personas que allí habían quedado era inexistente, hubo al despedirse una serie de palabras definitivas que lo despidieron para siempre y él también prometió olvidarlos, la vida a veces es compleja y en un cuento no puede explicarse.
Al despertarse la nostalgia por el idioma pero también la necesidad de escucharlo, habían renacido todas las voces que lo usaban cotidianamente, era como una especie de rasgo único que los caracterizaba y allí estaba el afecto.
Comprendió, bastante tarde, que mientras uno forma parte de su mundo, aunque éste sea inmenso y no se lo conozca, no registra los ruidos propios, ni siquiera puede distinguir las palabras que viajan en el aire. Todo es muy rápido y demasiado conocido.
Lo que nos despierta y hace vibrar, es cuando esos sonidos ya no están, cuando nuestro alrededor se ha quedado en silencio y es llenado por los instrumentos de otra orquesta, los chinos o tal vez quienes no escuchamos.

viernes, 16 de abril de 2010

Todo se parece a la noche

Cerró el último libro que leería. Ahora a vivir.
Todavía resonaban las voces de sus viejos alumnos en la sala vacía. La enorme biblioteca de la facultad sin él se vería más grande, nadie limpiaría el polvo ni revisaría los espacios vacíos de la repisa con un interrogante absurdo. Sin embargo, ya no tenía nada que hacer ahí. Durante algunas noches reflexionaba mientras la araña del techo tejía y llegaba a la conclusión de que los viejos deben hacer otra cosa, si era posible, nada de lo que habían hecho hasta ahora.

Una y otra vez acariciaba el pañuelo de seda en su bolsillo y era un placer incomprensible para cualquiera que intentara entenderlo, se parecía mucho a la lluvia sobre sus ojos o tal vez a los cabellos de Silvia. El pañuelo, un objeto, estaba siempre ahí, a su lado y no lo cuestionaba, tenía vida, mucha más de la que tenían los otros. En esos instantes sus sentidos se resumían en un efecto y no necesitaba nada más que ese pañuelo.
Abandonar y abandonarlos, no abandonarse y dejarse abandonar, esa era la situación implícita y explicita para el ex profesor de letras. De letras y de números aunque nadie lo supiera porque a escondidas también contaba los días, los meses y los años, y así siempre estaba más tranquilo. Debía irse, pero ya habían pasado dos horas y el maletín continuaba abierto con esa postal de Alejandría en vista nocturna que llevaba a todos lados. Era un destino invisible como le decía a cualquiera que la admirara. Mirar no le bastaba, era un sentido incompleto no comparable al pañuelo de seda, hacía falta ir.

Fue por eso que tomó el avión para sentir. Nunca supo que sería tan difícil abandonar el mundo propio. Para un profesor de letras todos los lugares son ajenos sino no están escritos. Una imagen no alcanzaba. Debía también leerse. El viaje fue largo y durmió. Al llegar, rodeado de caras sombrías pero interesantes, comenzó a escribir, o quizá, si nos alcanzan las palabras, comenzó a escribirse.

jueves, 25 de febrero de 2010

Creo que no

Acaba de entrar y golpea la mano contra el pizarrón como todos los días. Su autoridad es tan vieja como los muebles de esa aula. Otra vez trae ese libro de Darwin con teorías que no lo van a dejar dormir.

Dos horas de sermón y un enigma: qué viene ahora.

Es tarde y sigue pensando en lo mismo, su hermana se asoma y le dice que ya está la cena pero que no podrá digerirla. Pablo saca el libro de su almohada y lo relee, insiste en ese párrafo “los seres humanos estamos obligados a aprenderlo todo, incluso a aprender” su perro duerme y lo mira desde la esquina de la habitación, ha comido hace rato y ahora no espera nada, mañana tampoco.

La religión desde que nació y le mojaron la cabeza lo ha confundido y ahora no sabe quién es, está condenado a plantearse cada minuto de su vida qué hacer con ella, hay una especie de proceso inconciente que lo conduce siempre a un interrogante. No comprende que la complejidad es más insoportable si se le hace caso. La semana que viene prometió al cura Roberto que se confesaría porque él lo había visto cabizbajo y el perdón de Dios lo alegraría. Sin embargo no piensa en eso, piensa en lo difícil que es la vida con miedo, se acuerda que le pegaban por no rezar en la mesa y construir fuertes con las estampitas. Juego… a dónde quedó su juego con tantos principios, porqué siempre le tuvo que tener respeto a la nada, a ese vacío con el que se enfrentaba estando solo en la iglesia los miércoles y escuchando únicamente el eco de sus pasos.
Una vez más esa frase, aprender a aprender, aprender a ser lo que los otros quieren, a decir las cosas tal cual las dicen, a coincidir con el resto de la gente, a cuidarse de sí mismo y de ese ser que lo atropella por las noches mientras sueña con el sexo. Aprender a no ser…
Cree que en ese momento estallará su cuerpo y llenará de pecado la habitación. Un humano domesticado en una jaula del bien.

Ahora ya no acude al padre Roberto, nada de eso le da alegría.
Comenzó a des-aprender, y des-aprenderse de sí mismo, por eso es que se encuentra doble y triple y cuadruple, dando vuelta la esquina y llamándose por teléfono. Comprende, al fin o al principio, que no hace falta otro, sino él, él, él.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Cuestión de cabezas


Método innovador: trasplante de cerebros. Una mujer ruluda lo anuncia en la televisión con poco interés en su mirada, la espera algo mejor en su casa, parece decir eso o lo insinúa. Simultáneamente a la noticia miles de mentes vacías encuentran una solución, nadie piensa que es algo determinante. Raymundo reflexiona y saca conclusiones mientras va por el quinto cigarrillo: uno va a empezar a ser otra persona, porque no hay posibilidad de descartar una vida grabada en un cerebro, por ende, el resquicio de personalidad será intercambiado. Sus pensamientos son interrumpidos por la voz de la periodista que bromea sin demasiada gracia y dice que los donantes deberán ser lo suficientemente interesantes para necesitar su cerebro. Raymundo completa esa idea y cree que en realidad se trata de donantes no huecos.
De pronto esta novedad invade los medios e incluso los almuerzos y las cenas con los desayunos improvisados incluidos y también los comentarios en el baño frente al espejo de mujeres arrugadas. A Raymundo simplemente esta posibilidad le genera escalofríos en el cuerpo y también en el cerebro, y como busca una razón a todo (por eso está solo), no comprende para qué sirve un trasplante de cerebro. Un segundo eterno, de esos que no terminan nunca lo detiene en el hall y elabora una teoría apresurada. Si de pronto éste método se transformara en costumbre y fuera algo así como la cura a un resfrío, habría transferencia de personas y de vidas de un cuerpo a otro y sería ad finitum. Sería más que tentador, aún sin necesidad de despreciar la mente propia, tener, sumergirse en lo que el otro fue y dejarse llevar por eso. Corre entonces desesperado a buscar uno de los libros de Freud que su padre le regaló cuando empezó psicología y nunca supo que abandonaría, y allí cree que habrá más respuestas, pero… ¿qué iba a saber Freud que en un momento la tecnología se burlaría de su precaria tesis?. Recurre al capítulo de Lo siniestro y la frase de Shemill “algo que de haber permanecido oculto igual se ha manifestado”, claro, ese algo está en lo inconsciente, pero lo inconsciente es propio y sorpresivo toda la vida, sobre todo en los sueños. Por Dios, dónde iría a parar todo esto… da unos pasos hacia atrás y tambalea una estantería con libros pero no se cae, cree que la estantería de Freud si se caerá y con ello todas sus obras interminables en la repisa. Todo lo solemne se esfuma cuando suena el timbre dos veces. Abre, Miguel, el amigo prosaico. Entra como siempre sin permiso y se ríe muchas veces en su cara pero no de él, sino de la mayor preocupación de Raymundo en ese momento, el trasplante de cerebros, una frase le hace eco y choca contra sus costillas: “qué verseros que están los médicos hoy en día, todo eso para sacarse unos pesos más”.
Raymundo sentado en su sillón piensa qué cerebro le gustaría tener en ese momento, pasan por su cabeza los nombres más reconocidos pero ninguno le interesa, nada de fórmulas y logaritmos. Sí en cambio el de un alpinista al llegar a la cima, el de un nadador a punto de tirarse del trampolín, el de una mujer al salir de la peluquería y verse más linda. Y bucea, por el tiempo, por las experiencias, por las imágenes y no encuentra mejor mente que la cotidiana. Ahora piensa, su cerebro es de lo más común que existe, sin embargo aprecia mucho las reflexiones que produce antes de dormirse y el modo en que entiende a la vida, no cambia por nada la pasión con que lee el diario y no reemplazaría tampoco su infancia en el campo con sus abuelos. Qué más interesante que eso, que lo que uno es y qué más preciado, como nada en el mundo, que el punto de vista propio. Ahora Raymundo se ha dormido y probablemente sueñe, su cerebro se encargará de fabricar alguna historia, y al otro día despertará asombrado porque el inconsciente develó algún secreto. Nadie puede apropiarse de eso, ni siquiera la ciencia.

martes, 3 de noviembre de 2009

No puedo olvidar recordar

No recuerdo si aún tengo memoria, por eso le pedí que escribiera todo lo que había olvidado.
No pensé que en un pequeño papel pudiera caber toda una vida, ella escribió dos frases: “corrí por el jardín”; “la mano de mi mejor amigo sobre la mía”, y eso me pareció suficiente, sin embargo me preguntó qué más podía escribir. Le pedí una semana para poder resucitar algo en mi memoria, y el único resultado fueron dos lágrimas.
Cada tarde veía a mis nietos llegar de la escuela y sentarse en el umbral de la puerta a comer caramelos, hablaban en un lenguaje ya ajeno al mío. Nada se parecía a mis recuerdos, era imposible encontrar algo que los represente. Fue entonces que descubrí el poder la memoria. Busqué fotografías de mi vida, y eran viejas como yo, alguna prenda especial, alguna canción o alguna poesía, no había coincidencia, yo quería decir otra cosa. Necesitaba encontrar la pureza de una imagen, próxima o lejana que me derribara alguna noche, esa sensación infantil de ser sueño o realidad que ahora no lograba. Todos los días empezaba a vivir y no sé qué quedaba atrás.
Los otros podrían ayudarme, quizá podría verme en alguien con los años que ya no tenía, alguno, de todos los que existen en este mundo podría parecerse a lo que fui y entonces sería muy fácil reconocerme. El espejo me devolvía una imagen vacía, un manojo de arrugas y una mirada perdida. Esa no quería ser yo, la mujer del tiempo que no se dio cuenta de su vulnerabilidad no me interesaba. Buscaba a la otra, a la que aún era pero nadie veía, y esa otra estaba escondida aquí dentro de mi cabeza, y yo no podía revivirla.
Mi hija seguía con la hoja en blanco esperando que yo la llenara.
Sin embargo, una mañana, mientras abría el ropero para cambiar esta figura desnuda, pude ver en la madera de la puerta una inscripción, una fecha, “10-07-45” , una muchacha joven me tomó el brazo y me sacudió, no sé de donde habría salido.

sábado, 26 de septiembre de 2009

El mismo camino

Un día yo seguí a un loco.
No pensaba encontrarme con nadie, la vereda, en su vista panorámica, estaba vacía, la gente únicamente cruzaba la calle para estar rápidamente al frente, no sé porqué…
Tenía tiempo y me pareció interesante dejarme llevar por la locura de otro, aunque ahora que lo pienso mejor, ¿qué es la locura?. Acaso los dos caminábamos de la misma manera y hacíamos dos pasos cada cinco segundos, y mirábamos el semáforo y nos extrañaba cómo el viento se llevaba los diarios de días pasados. Nada nos diferenciaba. Los dos teníamos rumbos aunque yo seguía el suyo, pero la objetividad del destino era idéntica.
Lo seguía y él no lo advertía. Los locos creen que nadie los sigue por admiración o placer, en cambio, aún así tristemente se sienten perseguidos. Alguien les puede hacer un daño o los está buscando. Qué sucedería si por un momento él supiera que me interesaba saber a dónde iba.
Yo disponía de todo el tiempo del mundo y parecía que el loco también, los dos caminábamos tranquilos y cruzábamos la calle con el mismo cuidado. De pronto, comencé a sentirme extrañamente identificada con él. Se transformó en mi alter ego, porque si tanta curiosidad me despertaba seguirlo algo mejor que yo tenía. Qué sería eso superior entre nosotros. No se trata de una comparación improvisada. Sostengo, que ese ser, tenía algo supremo que me disminuía. Me detuve y lo miré, su espalda seguía caminando, qué pasaba si yo no lo seguía más, qué se llevaba él consigo, qué iba a perder yo de mí con ese loco. Efectivamente, lo perdí un poco de vista y un vacío me invadió, uno de esos vacíos inexplicables en los que uno está toda la vida preguntándose con qué los llena. Desesperada, corrí, busqué en las cuadras siguientes su paso despreocupado. Allí lo vi, parado en una esquina, dispuesto a cruzar, destino claramente definido, su casa. Dónde viven los locos, qué lugar definen como su hogar. El resto vive solo, ellos están juntos, se están defendiendo, de nosotros.
Ahí me paré, a su lado, a la par, iguales. Él me miró, despreocupado e inmutable, pero pude percibir que una sonrisa asomaba, producto de la alegría de estar loco. Y me sentí loca, y me contagió, y lo seguí a su casa, a donde estaban todos, defendiéndose.

sábado, 22 de agosto de 2009

Los ojos de otros nos miran



El bar los esperaba o ellos esperaban al bar. Todos los martes se veían y respiraban el aroma a café en una suerte de espiral que los envolvía.
Cómo es posible que el cine nos haga llegar tan lejos, cómo es posible que tengamos alas y podamos salir volando de una sala sin siquiera rozar los mosaicos. Livianos ir por sobre la avenida y por sobre los autos tocando casi los cables de televisión. Mauricio había llegado volando al bar donde su amiga lo esperaba, no necesitó que le abrieran la puerta porque entró por la ventana. La película le atravesó el alma y la historia lo hizo personaje. Un café lo esperaba, ya casi tibio, y ella le sonreía, como lo había hecho la actriz en la penúltima escena antes que el viejo del proyector prendiera la luz y todos salieran rápidamente al baño para secarse las lágrimas.
El cine une a la gente y la hace hablar en los pasillos, todos parecen haber estado en esa historia, aún caminando por la vereda encuentran ganas de comentarles a desconocidos lo que sintieron, como cómplices de un mismo evento. Eso era lo que creían estas dos personas que entraban volando a un bar y se sentaban para poner en común esa sensación.
Cada martes, uno de ellos exhalaba una idea y el otro la aspiraba, era como una especie de respiración recíproca, como un único cuerpo que se alimentaba de aire cinéfilo, que olía a pasado e inmortales miradas.
Un martes, uno de los tantos en los que se reunieron en el bar, Mauricio trajo en sus manos una mirada que había tomado de la pantalla, abrió con cuidado las manos y se la mostró a su amiga, eran unos ojos negros que parpadeaban algunas veces con tranquilidad. Él había elegido únicamente esos ojos porque en ellos estaba depositada toda la historia de su vida, sorprendido descubrió que su vida figuraba intacta en esas pupilas, entonces pensó que esos ojos no podían ser más que suyos. Su amiga le sonrió otra vez con ternura y no vio nada en esas manos, sino toda su humanidad dibujada en lo que decía.
Sí, probablemente esos eran sus ojos, pero aún así sus manos eran exactamente las de siempre, por eso ella las tomó y las sintió tibias. Otra vez respiraron el mismo aire, y se miraron con los ojos de otros, que desapercibidamente, habían quedado para siempre en la pantalla.

Basada en una hermosa sensación al ver la
película El secreto de sus ojos.