Acaba de entrar y golpea la mano contra el pizarrón como todos los días. Su autoridad es tan vieja como los muebles de esa aula. Otra vez trae ese libro de Darwin con teorías que no lo van a dejar dormir.
Dos horas de sermón y un enigma: qué viene ahora.
Es tarde y sigue pensando en lo mismo, su hermana se asoma y le dice que ya está la cena pero que no podrá digerirla. Pablo saca el libro de su almohada y lo relee, insiste en ese párrafo “los seres humanos estamos obligados a aprenderlo todo, incluso a aprender” su perro duerme y lo mira desde la esquina de la habitación, ha comido hace rato y ahora no espera nada, mañana tampoco.
La religión desde que nació y le mojaron la cabeza lo ha confundido y ahora no sabe quién es, está condenado a plantearse cada minuto de su vida qué hacer con ella, hay una especie de proceso inconciente que lo conduce siempre a un interrogante. No comprende que la complejidad es más insoportable si se le hace caso. La semana que viene prometió al cura Roberto que se confesaría porque él lo había visto cabizbajo y el perdón de Dios lo alegraría. Sin embargo no piensa en eso, piensa en lo difícil que es la vida con miedo, se acuerda que le pegaban por no rezar en la mesa y construir fuertes con las estampitas. Juego… a dónde quedó su juego con tantos principios, porqué siempre le tuvo que tener respeto a la nada, a ese vacío con el que se enfrentaba estando solo en la iglesia los miércoles y escuchando únicamente el eco de sus pasos.
Una vez más esa frase, aprender a aprender, aprender a ser lo que los otros quieren, a decir las cosas tal cual las dicen, a coincidir con el resto de la gente, a cuidarse de sí mismo y de ese ser que lo atropella por las noches mientras sueña con el sexo. Aprender a no ser…
Cree que en ese momento estallará su cuerpo y llenará de pecado la habitación. Un humano domesticado en una jaula del bien.
Ahora ya no acude al padre Roberto, nada de eso le da alegría.
Comenzó a des-aprender, y des-aprenderse de sí mismo, por eso es que se encuentra doble y triple y cuadruple, dando vuelta la esquina y llamándose por teléfono. Comprende, al fin o al principio, que no hace falta otro, sino él, él, él.
jueves, 25 de febrero de 2010
miércoles, 23 de diciembre de 2009
Cuestión de cabezas

Método innovador: trasplante de cerebros. Una mujer ruluda lo anuncia en la televisión con poco interés en su mirada, la espera algo mejor en su casa, parece decir eso o lo insinúa. Simultáneamente a la noticia miles de mentes vacías encuentran una solución, nadie piensa que es algo determinante. Raymundo reflexiona y saca conclusiones mientras va por el quinto cigarrillo: uno va a empezar a ser otra persona, porque no hay posibilidad de descartar una vida grabada en un cerebro, por ende, el resquicio de personalidad será intercambiado. Sus pensamientos son interrumpidos por la voz de la periodista que bromea sin demasiada gracia y dice que los donantes deberán ser lo suficientemente interesantes para necesitar su cerebro. Raymundo completa esa idea y cree que en realidad se trata de donantes no huecos.
De pronto esta novedad invade los medios e incluso los almuerzos y las cenas con los desayunos improvisados incluidos y también los comentarios en el baño frente al espejo de mujeres arrugadas. A Raymundo simplemente esta posibilidad le genera escalofríos en el cuerpo y también en el cerebro, y como busca una razón a todo (por eso está solo), no comprende para qué sirve un trasplante de cerebro. Un segundo eterno, de esos que no terminan nunca lo detiene en el hall y elabora una teoría apresurada. Si de pronto éste método se transformara en costumbre y fuera algo así como la cura a un resfrío, habría transferencia de personas y de vidas de un cuerpo a otro y sería ad finitum. Sería más que tentador, aún sin necesidad de despreciar la mente propia, tener, sumergirse en lo que el otro fue y dejarse llevar por eso. Corre entonces desesperado a buscar uno de los libros de Freud que su padre le regaló cuando empezó psicología y nunca supo que abandonaría, y allí cree que habrá más respuestas, pero… ¿qué iba a saber Freud que en un momento la tecnología se burlaría de su precaria tesis?. Recurre al capítulo de Lo siniestro y la frase de Shemill “algo que de haber permanecido oculto igual se ha manifestado”, claro, ese algo está en lo inconsciente, pero lo inconsciente es propio y sorpresivo toda la vida, sobre todo en los sueños. Por Dios, dónde iría a parar todo esto… da unos pasos hacia atrás y tambalea una estantería con libros pero no se cae, cree que la estantería de Freud si se caerá y con ello todas sus obras interminables en la repisa. Todo lo solemne se esfuma cuando suena el timbre dos veces. Abre, Miguel, el amigo prosaico. Entra como siempre sin permiso y se ríe muchas veces en su cara pero no de él, sino de la mayor preocupación de Raymundo en ese momento, el trasplante de cerebros, una frase le hace eco y choca contra sus costillas: “qué verseros que están los médicos hoy en día, todo eso para sacarse unos pesos más”.
Raymundo sentado en su sillón piensa qué cerebro le gustaría tener en ese momento, pasan por su cabeza los nombres más reconocidos pero ninguno le interesa, nada de fórmulas y logaritmos. Sí en cambio el de un alpinista al llegar a la cima, el de un nadador a punto de tirarse del trampolín, el de una mujer al salir de la peluquería y verse más linda. Y bucea, por el tiempo, por las experiencias, por las imágenes y no encuentra mejor mente que la cotidiana. Ahora piensa, su cerebro es de lo más común que existe, sin embargo aprecia mucho las reflexiones que produce antes de dormirse y el modo en que entiende a la vida, no cambia por nada la pasión con que lee el diario y no reemplazaría tampoco su infancia en el campo con sus abuelos. Qué más interesante que eso, que lo que uno es y qué más preciado, como nada en el mundo, que el punto de vista propio. Ahora Raymundo se ha dormido y probablemente sueñe, su cerebro se encargará de fabricar alguna historia, y al otro día despertará asombrado porque el inconsciente develó algún secreto. Nadie puede apropiarse de eso, ni siquiera la ciencia.
De pronto esta novedad invade los medios e incluso los almuerzos y las cenas con los desayunos improvisados incluidos y también los comentarios en el baño frente al espejo de mujeres arrugadas. A Raymundo simplemente esta posibilidad le genera escalofríos en el cuerpo y también en el cerebro, y como busca una razón a todo (por eso está solo), no comprende para qué sirve un trasplante de cerebro. Un segundo eterno, de esos que no terminan nunca lo detiene en el hall y elabora una teoría apresurada. Si de pronto éste método se transformara en costumbre y fuera algo así como la cura a un resfrío, habría transferencia de personas y de vidas de un cuerpo a otro y sería ad finitum. Sería más que tentador, aún sin necesidad de despreciar la mente propia, tener, sumergirse en lo que el otro fue y dejarse llevar por eso. Corre entonces desesperado a buscar uno de los libros de Freud que su padre le regaló cuando empezó psicología y nunca supo que abandonaría, y allí cree que habrá más respuestas, pero… ¿qué iba a saber Freud que en un momento la tecnología se burlaría de su precaria tesis?. Recurre al capítulo de Lo siniestro y la frase de Shemill “algo que de haber permanecido oculto igual se ha manifestado”, claro, ese algo está en lo inconsciente, pero lo inconsciente es propio y sorpresivo toda la vida, sobre todo en los sueños. Por Dios, dónde iría a parar todo esto… da unos pasos hacia atrás y tambalea una estantería con libros pero no se cae, cree que la estantería de Freud si se caerá y con ello todas sus obras interminables en la repisa. Todo lo solemne se esfuma cuando suena el timbre dos veces. Abre, Miguel, el amigo prosaico. Entra como siempre sin permiso y se ríe muchas veces en su cara pero no de él, sino de la mayor preocupación de Raymundo en ese momento, el trasplante de cerebros, una frase le hace eco y choca contra sus costillas: “qué verseros que están los médicos hoy en día, todo eso para sacarse unos pesos más”.
Raymundo sentado en su sillón piensa qué cerebro le gustaría tener en ese momento, pasan por su cabeza los nombres más reconocidos pero ninguno le interesa, nada de fórmulas y logaritmos. Sí en cambio el de un alpinista al llegar a la cima, el de un nadador a punto de tirarse del trampolín, el de una mujer al salir de la peluquería y verse más linda. Y bucea, por el tiempo, por las experiencias, por las imágenes y no encuentra mejor mente que la cotidiana. Ahora piensa, su cerebro es de lo más común que existe, sin embargo aprecia mucho las reflexiones que produce antes de dormirse y el modo en que entiende a la vida, no cambia por nada la pasión con que lee el diario y no reemplazaría tampoco su infancia en el campo con sus abuelos. Qué más interesante que eso, que lo que uno es y qué más preciado, como nada en el mundo, que el punto de vista propio. Ahora Raymundo se ha dormido y probablemente sueñe, su cerebro se encargará de fabricar alguna historia, y al otro día despertará asombrado porque el inconsciente develó algún secreto. Nadie puede apropiarse de eso, ni siquiera la ciencia.
martes, 3 de noviembre de 2009
No puedo olvidar recordar
No recuerdo si aún tengo memoria, por eso le pedí que escribiera todo lo que había olvidado.
No pensé que en un pequeño papel pudiera caber toda una vida, ella escribió dos frases: “corrí por el jardín”; “la mano de mi mejor amigo sobre la mía”, y eso me pareció suficiente, sin embargo me preguntó qué más podía escribir. Le pedí una semana para poder resucitar algo en mi memoria, y el único resultado fueron dos lágrimas.
Cada tarde veía a mis nietos llegar de la escuela y sentarse en el umbral de la puerta a comer caramelos, hablaban en un lenguaje ya ajeno al mío. Nada se parecía a mis recuerdos, era imposible encontrar algo que los represente. Fue entonces que descubrí el poder la memoria. Busqué fotografías de mi vida, y eran viejas como yo, alguna prenda especial, alguna canción o alguna poesía, no había coincidencia, yo quería decir otra cosa. Necesitaba encontrar la pureza de una imagen, próxima o lejana que me derribara alguna noche, esa sensación infantil de ser sueño o realidad que ahora no lograba. Todos los días empezaba a vivir y no sé qué quedaba atrás.
Los otros podrían ayudarme, quizá podría verme en alguien con los años que ya no tenía, alguno, de todos los que existen en este mundo podría parecerse a lo que fui y entonces sería muy fácil reconocerme. El espejo me devolvía una imagen vacía, un manojo de arrugas y una mirada perdida. Esa no quería ser yo, la mujer del tiempo que no se dio cuenta de su vulnerabilidad no me interesaba. Buscaba a la otra, a la que aún era pero nadie veía, y esa otra estaba escondida aquí dentro de mi cabeza, y yo no podía revivirla.
Mi hija seguía con la hoja en blanco esperando que yo la llenara.
Sin embargo, una mañana, mientras abría el ropero para cambiar esta figura desnuda, pude ver en la madera de la puerta una inscripción, una fecha, “10-07-45” , una muchacha joven me tomó el brazo y me sacudió, no sé de donde habría salido.
No pensé que en un pequeño papel pudiera caber toda una vida, ella escribió dos frases: “corrí por el jardín”; “la mano de mi mejor amigo sobre la mía”, y eso me pareció suficiente, sin embargo me preguntó qué más podía escribir. Le pedí una semana para poder resucitar algo en mi memoria, y el único resultado fueron dos lágrimas.
Cada tarde veía a mis nietos llegar de la escuela y sentarse en el umbral de la puerta a comer caramelos, hablaban en un lenguaje ya ajeno al mío. Nada se parecía a mis recuerdos, era imposible encontrar algo que los represente. Fue entonces que descubrí el poder la memoria. Busqué fotografías de mi vida, y eran viejas como yo, alguna prenda especial, alguna canción o alguna poesía, no había coincidencia, yo quería decir otra cosa. Necesitaba encontrar la pureza de una imagen, próxima o lejana que me derribara alguna noche, esa sensación infantil de ser sueño o realidad que ahora no lograba. Todos los días empezaba a vivir y no sé qué quedaba atrás.
Los otros podrían ayudarme, quizá podría verme en alguien con los años que ya no tenía, alguno, de todos los que existen en este mundo podría parecerse a lo que fui y entonces sería muy fácil reconocerme. El espejo me devolvía una imagen vacía, un manojo de arrugas y una mirada perdida. Esa no quería ser yo, la mujer del tiempo que no se dio cuenta de su vulnerabilidad no me interesaba. Buscaba a la otra, a la que aún era pero nadie veía, y esa otra estaba escondida aquí dentro de mi cabeza, y yo no podía revivirla.
Mi hija seguía con la hoja en blanco esperando que yo la llenara.
Sin embargo, una mañana, mientras abría el ropero para cambiar esta figura desnuda, pude ver en la madera de la puerta una inscripción, una fecha, “10-07-45” , una muchacha joven me tomó el brazo y me sacudió, no sé de donde habría salido.
sábado, 26 de septiembre de 2009
El mismo camino
Un día yo seguí a un loco.No pensaba encontrarme con nadie, la vereda, en su vista panorámica, estaba vacía, la gente únicamente cruzaba la calle para estar rápidamente al frente, no sé porqué…
Tenía tiempo y me pareció interesante dejarme llevar por la locura de otro, aunque ahora que lo pienso mejor, ¿qué es la locura?. Acaso los dos caminábamos de la misma manera y hacíamos dos pasos cada cinco segundos, y mirábamos el semáforo y nos extrañaba cómo el viento se llevaba los diarios de días pasados. Nada nos diferenciaba. Los dos teníamos rumbos aunque yo seguía el suyo, pero la objetividad del destino era idéntica.
Lo seguía y él no lo advertía. Los locos creen que nadie los sigue por admiración o placer, en cambio, aún así tristemente se sienten perseguidos. Alguien les puede hacer un daño o los está buscando. Qué sucedería si por un momento él supiera que me interesaba saber a dónde iba.
Yo disponía de todo el tiempo del mundo y parecía que el loco también, los dos caminábamos tranquilos y cruzábamos la calle con el mismo cuidado. De pronto, comencé a sentirme extrañamente identificada con él. Se transformó en mi alter ego, porque si tanta curiosidad me despertaba seguirlo algo mejor que yo tenía. Qué sería eso superior entre nosotros. No se trata de una comparación improvisada. Sostengo, que ese ser, tenía algo supremo que me disminuía. Me detuve y lo miré, su espalda seguía caminando, qué pasaba si yo no lo seguía más, qué se llevaba él consigo, qué iba a perder yo de mí con ese loco. Efectivamente, lo perdí un poco de vista y un vacío me invadió, uno de esos vacíos inexplicables en los que uno está toda la vida preguntándose con qué los llena. Desesperada, corrí, busqué en las cuadras siguientes su paso despreocupado. Allí lo vi, parado en una esquina, dispuesto a cruzar, destino claramente definido, su casa. Dónde viven los locos, qué lugar definen como su hogar. El resto vive solo, ellos están juntos, se están defendiendo, de nosotros.
Ahí me paré, a su lado, a la par, iguales. Él me miró, despreocupado e inmutable, pero pude percibir que una sonrisa asomaba, producto de la alegría de estar loco. Y me sentí loca, y me contagió, y lo seguí a su casa, a donde estaban todos, defendiéndose.
Ahí me paré, a su lado, a la par, iguales. Él me miró, despreocupado e inmutable, pero pude percibir que una sonrisa asomaba, producto de la alegría de estar loco. Y me sentí loca, y me contagió, y lo seguí a su casa, a donde estaban todos, defendiéndose.
sábado, 22 de agosto de 2009
Los ojos de otros nos miran

El bar los esperaba o ellos esperaban al bar. Todos los martes se veían y respiraban el aroma a café en una suerte de espiral que los envolvía.
Cómo es posible que el cine nos haga llegar tan lejos, cómo es posible que tengamos alas y podamos salir volando de una sala sin siquiera rozar los mosaicos. Livianos ir por sobre la avenida y por sobre los autos tocando casi los cables de televisión. Mauricio había llegado volando al bar donde su amiga lo esperaba, no necesitó que le abrieran la puerta porque entró por la ventana. La película le atravesó el alma y la historia lo hizo personaje. Un café lo esperaba, ya casi tibio, y ella le sonreía, como lo había hecho la actriz en la penúltima escena antes que el viejo del proyector prendiera la luz y todos salieran rápidamente al baño para secarse las lágrimas.
El cine une a la gente y la hace hablar en los pasillos, todos parecen haber estado en esa historia, aún caminando por la vereda encuentran ganas de comentarles a desconocidos lo que sintieron, como cómplices de un mismo evento. Eso era lo que creían estas dos personas que entraban volando a un bar y se sentaban para poner en común esa sensación.
Cada martes, uno de ellos exhalaba una idea y el otro la aspiraba, era como una especie de respiración recíproca, como un único cuerpo que se alimentaba de aire cinéfilo, que olía a pasado e inmortales miradas.
Un martes, uno de los tantos en los que se reunieron en el bar, Mauricio trajo en sus manos una mirada que había tomado de la pantalla, abrió con cuidado las manos y se la mostró a su amiga, eran unos ojos negros que parpadeaban algunas veces con tranquilidad. Él había elegido únicamente esos ojos porque en ellos estaba depositada toda la historia de su vida, sorprendido descubrió que su vida figuraba intacta en esas pupilas, entonces pensó que esos ojos no podían ser más que suyos. Su amiga le sonrió otra vez con ternura y no vio nada en esas manos, sino toda su humanidad dibujada en lo que decía.
Sí, probablemente esos eran sus ojos, pero aún así sus manos eran exactamente las de siempre, por eso ella las tomó y las sintió tibias. Otra vez respiraron el mismo aire, y se miraron con los ojos de otros, que desapercibidamente, habían quedado para siempre en la pantalla.
Basada en una hermosa sensación al ver la
película El secreto de sus ojos.
martes, 30 de junio de 2009
Pasos hacia atrás
Los pasos la habían aturdido desde temprano, pero aún así ella no dejaba de caminar.
Era la cuarta vez que recorría la misma cuadra y aún ese ruido permanecía a su lado, quizá no a su lado sino unos metros detrás. Se parecía a los pasos que ella daba cuando llegaba tarde al trabajo, acentuados, permanentes, sordos. Todavía así no podía reconocerlos a pesar de que la estaban invadiendo de a poco.
El paisaje la mareaba cada vez más al punto de identificarse con esos árboles que daban el mismo giro cuando pasaba. ¿Para que caminaba tanto? ¿A dónde quería llegar realmente?, empezó a comprender que ese objetivo estaba íntimamente ligado a su necesidad de saber quién estaba detrás suyo, era alguien tan complicado que no había pensado en darse vuelta para saberlo.
Poco a poco sus pensamientos también comenzaron a ser invadidos por ese eco, ya no se trataba de un sonido exterior que la perturbaba físicamente sino que la materia espiritual comenzaba a asfixiarse. Poco a poco ya no era ella, era eso, eso que la seguía cada vez más insistentemente. Era el otro.
Optó por cambiar el camino y meterse por unas callecitas anónimas, pero esos pasos seguían, Dios, y cómo…
Sintió que únicamente la noche la observaba. ¿Qué era todo esto?, su identidad poco a poco empezaba a desgranarse y la voz se le escapaba por el aire que respiraba. Los años empezaron también a disminuir al punto que se convirtió nuevamente en una analfabeta y cuando llegó a la plaza principal empezó a gatear. Las palabras ya no tenían sentido en su boca, sino que eran un montón de balbuceos inútiles.
Los pasos dejaron de existir, y ella se durmió sobre un banco con el arroró de la calesita.
Era la cuarta vez que recorría la misma cuadra y aún ese ruido permanecía a su lado, quizá no a su lado sino unos metros detrás. Se parecía a los pasos que ella daba cuando llegaba tarde al trabajo, acentuados, permanentes, sordos. Todavía así no podía reconocerlos a pesar de que la estaban invadiendo de a poco.
El paisaje la mareaba cada vez más al punto de identificarse con esos árboles que daban el mismo giro cuando pasaba. ¿Para que caminaba tanto? ¿A dónde quería llegar realmente?, empezó a comprender que ese objetivo estaba íntimamente ligado a su necesidad de saber quién estaba detrás suyo, era alguien tan complicado que no había pensado en darse vuelta para saberlo.
Poco a poco sus pensamientos también comenzaron a ser invadidos por ese eco, ya no se trataba de un sonido exterior que la perturbaba físicamente sino que la materia espiritual comenzaba a asfixiarse. Poco a poco ya no era ella, era eso, eso que la seguía cada vez más insistentemente. Era el otro.
Optó por cambiar el camino y meterse por unas callecitas anónimas, pero esos pasos seguían, Dios, y cómo…
Sintió que únicamente la noche la observaba. ¿Qué era todo esto?, su identidad poco a poco empezaba a desgranarse y la voz se le escapaba por el aire que respiraba. Los años empezaron también a disminuir al punto que se convirtió nuevamente en una analfabeta y cuando llegó a la plaza principal empezó a gatear. Las palabras ya no tenían sentido en su boca, sino que eran un montón de balbuceos inútiles.
Los pasos dejaron de existir, y ella se durmió sobre un banco con el arroró de la calesita.
martes, 19 de mayo de 2009
El laberinto del fin

Hace dos días que tendría que haberlo hecho. Ayer, vi que empezaba a leer un libro y me dio pena que no pudiera terminarlo. Ahora, de nuevo, está sacando algo de su maletín con inquietud y pienso que puede llegar a ser algo que lo motive a seguir viviendo. Por ahora lo observo, pero realmente no estoy seguro cuándo apretaré el gatillo. Lo que me llevaría sacar la mano del bolsillo es el mismo tiempo en el que probaría un sorbo de café y eso es también disfrutar la vida.
Hoy lunes no ha sacado ese libro, puedo suponer que lo ha terminado de leer a la noche, quizá le ha llevado más de seis horas llegar al final y eso no lo ha dejado dormir. Es probable que elija leer para aprovechar sus últimas horas, horas que en realidad dependen de mí, y de lo que yo haga con este revólver.
Pasa la mañana entera y no sale de ese bar. Ya ha fumado demasiado y el mozo se ha cansado de traerle café. Les ha sonreído a dos nenes y ha mirado a dos mujeres solas. Por un momento intentó ponerse el sobretodo y salir, pero algo en la televisión que cuelga del techo lo ha obligado a volver a sentarse.
Creo que es mejor que salga, la sangre va escurrir por la vereda y llegar a la alcantarilla, ahí se mezclará con los orines y eses de la gente que en este momento cruzan la calle. La vida se irá callada, junto con el ruido del río de agua podrida. No sería bueno que en un bar tuvieran que limpiar muerte. Si hay algo que aprendí de ser asesino, es encontrar el lugar exacto donde darle fin a la gente. Cada persona, de manera distinta, tiene un lugar específico para morir, sino lo hace allí, puede suceder que en un tiempo no se lo recuerde.
Él debe morir en la vereda, justo al salir del bar, cuando ya haya pagado su último café y tirado su viejo cigarrillo.
Tengo hambre, pero no puedo moverme de aquí. Alguien entra. Una mujer con un niño, busca con la cabeza a alguien, a él. Se está sentando, el niño quiere irse, solloza. La mujer habla mucho y le muestra papeles. Pensé que había resuelto todo en su vida, que sólo le quedaba morir. Esto no tiene sentido. No puedo pensar en el fin de alguien con tantas personas vivas a su alrededor. La mujer lo está acariciando, llora. El niño sube a su falda, juega con su collar de perlas. Él la rechaza, quiere que se vaya y se está enojando. Saca algo de su maletín, no son los cigarrillos, es dinero, mucho dinero. Se lo da. La mujer se va y lo saluda desde la puerta con el niño en brazos que llora con desesperación. Pero yo no escucho nada, no escucho los sonidos del fin porque estoy con Bach en los oídos, siempre he dicho que la música clásica permite que la muerte sea más hermosa. Otra vez solo, otro cigarrillo. Creo que me vio… debo esconderme, ¿a dónde?, gira su cabeza, no puede haberme visto, el plan era lo inesperado, pero algo no puede ser más esperado que esto.
Necesito que deje de estar en contacto con la vida. Debe separarse de esa aureola que nos envuelve cuando caminamos y sabemos que nuestro fin está lejos, pero que somos finitos. Debe resignarse, debe terminar de fumar, de ver televisión, de mirar a la gente reír, al mozo secar los vasos, a la cajera contar billetes, a los viejos planear la muerte.
Un momento, está por salir, toma su sobretodo de manera definitiva y se despide del olor a café. El sonido de Bach lo llama. Está hipnotizado. Sale. Mano en el bolsillo, revólver helado que entra en contacto con la mano, dedo en el gatillo. Pasos de esclavo, llega a la esquina, metros de la alcantarilla. Dedo en el gatillo, dedo en el gatillo, fuerza. Un silencio. Una caída. Sangre infinita.
Hoy lunes no ha sacado ese libro, puedo suponer que lo ha terminado de leer a la noche, quizá le ha llevado más de seis horas llegar al final y eso no lo ha dejado dormir. Es probable que elija leer para aprovechar sus últimas horas, horas que en realidad dependen de mí, y de lo que yo haga con este revólver.
Pasa la mañana entera y no sale de ese bar. Ya ha fumado demasiado y el mozo se ha cansado de traerle café. Les ha sonreído a dos nenes y ha mirado a dos mujeres solas. Por un momento intentó ponerse el sobretodo y salir, pero algo en la televisión que cuelga del techo lo ha obligado a volver a sentarse.
Creo que es mejor que salga, la sangre va escurrir por la vereda y llegar a la alcantarilla, ahí se mezclará con los orines y eses de la gente que en este momento cruzan la calle. La vida se irá callada, junto con el ruido del río de agua podrida. No sería bueno que en un bar tuvieran que limpiar muerte. Si hay algo que aprendí de ser asesino, es encontrar el lugar exacto donde darle fin a la gente. Cada persona, de manera distinta, tiene un lugar específico para morir, sino lo hace allí, puede suceder que en un tiempo no se lo recuerde.
Él debe morir en la vereda, justo al salir del bar, cuando ya haya pagado su último café y tirado su viejo cigarrillo.
Tengo hambre, pero no puedo moverme de aquí. Alguien entra. Una mujer con un niño, busca con la cabeza a alguien, a él. Se está sentando, el niño quiere irse, solloza. La mujer habla mucho y le muestra papeles. Pensé que había resuelto todo en su vida, que sólo le quedaba morir. Esto no tiene sentido. No puedo pensar en el fin de alguien con tantas personas vivas a su alrededor. La mujer lo está acariciando, llora. El niño sube a su falda, juega con su collar de perlas. Él la rechaza, quiere que se vaya y se está enojando. Saca algo de su maletín, no son los cigarrillos, es dinero, mucho dinero. Se lo da. La mujer se va y lo saluda desde la puerta con el niño en brazos que llora con desesperación. Pero yo no escucho nada, no escucho los sonidos del fin porque estoy con Bach en los oídos, siempre he dicho que la música clásica permite que la muerte sea más hermosa. Otra vez solo, otro cigarrillo. Creo que me vio… debo esconderme, ¿a dónde?, gira su cabeza, no puede haberme visto, el plan era lo inesperado, pero algo no puede ser más esperado que esto.
Necesito que deje de estar en contacto con la vida. Debe separarse de esa aureola que nos envuelve cuando caminamos y sabemos que nuestro fin está lejos, pero que somos finitos. Debe resignarse, debe terminar de fumar, de ver televisión, de mirar a la gente reír, al mozo secar los vasos, a la cajera contar billetes, a los viejos planear la muerte.
Un momento, está por salir, toma su sobretodo de manera definitiva y se despide del olor a café. El sonido de Bach lo llama. Está hipnotizado. Sale. Mano en el bolsillo, revólver helado que entra en contacto con la mano, dedo en el gatillo. Pasos de esclavo, llega a la esquina, metros de la alcantarilla. Dedo en el gatillo, dedo en el gatillo, fuerza. Un silencio. Una caída. Sangre infinita.
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