martes, 26 de julio de 2011

Todavía


Aún el mundo no era una mentira. Los viejos estaban seguros de que el tiempo había cambiado pero todavía quedaba algo de luz en su conciencia, lo sabían cuando miraban el sol y les dolían los ojos. Los niños de esas cosas no saben y mucho menos los recién nacidos que confían ciegamente en el amanecer desde sus cunas.

Nada era como antes, y eso desesperaba a los acostumbrados que miraban siempre por la misma ventana, ahora el horizonte estaba más cerca porque podía divisarse fácilmente sin el estorbo de los viejos edificios que habían caído a pedazos hacía unos días sin la culpa de cuestionar a la historia. Entre los escombros que algunos saltaban para pasar y llegar rápido a sus casas antes de que el aire contaminado los asfixiara, todavía quedaban los fragmentos de graffiti que los jóvenes escribían en las noches de verano. Y si había muertos la vida todavía seguía rondando por las calles sin interés de desprenderse de los recuerdos. Las cosas sucedieron como siempre, el día menos pensado a la hora en que todos saben que habrá otra, el enigma de todos los adivinos era ahora la realidad, ya nadie se preguntaba nada porque las respuestas habían invadido la ciudad. El silencio sonaba de cerca y se inmiscuía por las puertas de las casas callando a las familias asustadas que no sabían hasta cuando resistirían la verdad. Ningún gobernador supo decir nada porque el ser humano tiene sus límites y esta vez se trataba de especies y de naturaleza. Entonces se veían por las veredas sucias y las esquinas destartaladas caras que no decían nada porque ya estaba todo dicho, la gente caminaba con sus máscaras de gas como si el paraíso fueran esos centímetros de oxígeno y hubiera que defenderlo hasta el último momento.

Con el pasar de los días la ciudad se iba erosionando como un montículo pequeño de arena, el cielo cada mañana anunciaba un color distinto y una especie de apocalipsis inocente se asomaba a la tarde cuando ya todos sabían que perderían un poco más de lo que había. Algunos decidieron irse a falta de explicaciones científicas o sociales, los que tenían dónde, los otros, los que creían que morirían en esas casas con el olor del almuerzo, esperaban en sus sillones mirando telarañas alguna sorpresa del destino, como la que decían las etiquetas de chocolate de su infancia, cuando los kiosqueros todavía le guiñaban el ojo a los niños. Poco a poco fue siendo costumbre y se adaptaron a lo imprevisible, ahora ya nada se parecía a lo anterior, siempre un cambio, una novedad, que ya no sorprendía a nadie, porque estaban preparados.
De esos edificios que habían caído ruidosamente al suelo en alguna madrugada imprevista, aún quedaba uno de pie. El cine.
El arquitecto antipático que había diseñado los planos hacía mucho tiempo tuvo razón al decir que su estructura nunca se derrumbaría, estaba atada a la tierra, porque creía en las raíces de las cosas y daba por sentado que pertenecer a un lugar lo hace eterno. Entonces el Cine Nacional, con su antigüedad a cuestas y miles de películas descubiertas, aún las del director más introvertido, seguía existiendo. No se había roto ni un solo vidrio, salvo el polvillo en el hall y la sala producto de las explosiones, pero el cuidador sabía muy bien disimularlo con una barrida media hora antes de la función. La gente que aún vivía y había ido siempre, casi como un ritual del atardecer, continuaba yendo fielmente con su bono de promoción roto en algunas esquinas, sobreviviente en los armarios. Ver películas era lo único que unía aún un tiempo que había sido con algo que estaba sucediendo de modo inexplicable, era la lógica necesaria para que los habitantes y amantes del cine no perdieran conexión con lo real o no cayeran en la locura frente a la ausencia de razones. Por eso, el vendedor de entradas sabía que muchos de los habitúes llegaban tristes y perdidos, con lágrimas a punto de desvanecerse en el piso, y les sonreía como si todo fuera simple y llevadero. Entonces esa gente suspiraba un poco, no del todo, y al traspasar la puerta sabía que se encontraría con el mundo que había sido alguna vez, con el olor que reconocían más allá de la pólvora y con las caras que alguna vez se habían encontrado distraídamente en algún receso de invierno detrás del humo de cigarrillo. El proyectorista, que había sobrevivido al derrumbe de su casa por estar en el cine, tenía la orden de subir el volumen al máximo cuando comenzaba la película de modo que nadie pudiera escuchar los ruidos de afuera ni hacer asociaciones que los trasladaran a su angustiante realidad. La selección de películas era estricta, no precisamente evasivas porque esa idea resultaba relajante y anestesiar mentes no era la función del cine, sino de lo contrario generar submundos, abrir una puerta pequeña donde entrara la imaginación que todos habían suspendido. Por ese motivo algunas historias europeas donde las abuelas se sentaban con sus nietos en los jardines a narrar anécdotas servían porque en el público se despertaban los recuerdos de una infancia pasada y la frescura les colmaba la existencia por unas horas; las grandes familias italianas almorzando en una mesa y hablando al mismo tiempo también, porque alguna vez ellos tuvieron una. Otra opción eran las películas orientales llenas de silencios con casas espaciosas y señoritas japonesas vestidas con quimonos coloridos, cuyas enormes flores quedaban suspendidas en las retinas de la gente por más de un día y medio. Todo eso lograba la felicidad, el asomo del ser que somos, el intento de seguir siendo.

Esa noche, después de haber salido del cine y esquivado algunos escombros, ellos podían soñar.

lunes, 7 de febrero de 2011

La misma historia

Todos pueden darse cuenta de la rutina, de hecho se vive de esa manera y cuando surge algún cambio no hay manera de pensarlo sólo como algo extraordinario.

Sara no tenía ese problema. Su vida había estado llena de cosas simples siempre, madre, padre, hermanos, mascotas, novio, esposo, hijos, nietos, pero por ser simples no eran menos importantes para ella. Ahora había llegado a su vejez, diferente a otras mujeres, la aceptó con mucha alegría a pesar de que en un principio encontró las arrugas en su rostro como surcos injustos en la piel, con el tiempo los asimiló y comprendió que en realidad podían ser senderos para recorrer su cuerpo, una excursión por el tiempo.

Mientras los oficinistas se lavantaban todos los días a la misma hora y comían las mismas tostadas, mientras las amas de casa despertaban a los hijos de la misma manera y les daban los mismos consejos, mientras los perros buscaban el hueso que nunca encontrarían y los guardias llegaban a sus casas a dormir cuando el sol salía, Sara siempre leía el mismo libro. Desde que sus hijos habían decidido dejarla sola para darle oportunidad al azar y a la naturalidad de las cosas, ella construyó un mundo. Es fácil convencerse de uno mismo cuando no hay nadie que diga lo contrario, es mucho más simple ser libre ante los objetos conocidos y la experiencia de haber vivido con ellos. No era lo mismo el antiguo geriátrico resignado del tiempo y cuidandose de la muerte que su casa. Allí estaba ella una vez más y las fotografías de los que no estaban confirmandole la vida, el aroma viejo de la comida que hizo algún domingo familiar dando vueltas por el aire, las plantas más cuidadas que nunca y el gato durmiendo sobre la cama.

De la enorme biblioteca en la que sus hijos sacaron alguna vez enciclopedias para los exámenes Sara había elegido un sólo libro para leer. Sin demasiados criterios al respecto, una señal quizá, un pequeño resquicio de su memoria la llevó a descubrirlo, el color o el dibujo en la tapa, esa niña con trenzas y sonrisa franca que sostenía en sus manos un pájaro a punto de escapársele, a unos centímetros estaba la libertad, pero el libro era pequeño para representarlo. Comenzó a leerlo cada día con devoción, se había convertido en su ocupación más presiada, en el motivo de su vida, y ya nada le importaba tanto como tenerlo cerca. Lo que nadie sabía y mucho menos los oficinistas, las amas de casa, los perros y los guardias, era que siempre leía la misma página, más precisamente la primera. Sara no tenía memoria desde hacía tiempo, poco a poco se le escapaban los recuerdos como el pájaro de la niña de la tapa, ya no reconocía a nadie y mucho menos a ella misma. Sí se acordaba de sus cosas y de la importancia de conservarlas.

Por eso la historia del libro era nueva cada día y comenzaba una y otra vez, el entusiasmo se renovaba porque cuando no retenemos nada, todo puede sorprendernos. Ante cualquier pastilla de color, Sara había encontrado una razón real para darle sentido a sus días. Toda esa vida que acumulaba en los senderos de su cuerpo estaba ahora justificada en la literatura y a pesar de que jamás había leido un libro de ese modo parecía que ese era el recurso de siempre para reinventarse.

Afuera había quedado un mundo que recordaba lo que al otro día debía hacer, Sara no recordaba lo que había hecho dos minutos antes ni lo que haría dos minutos después, sí sabía que el libro la esperaba sobre la mesa del living con esa niña que estaba a punto de dejar volar un pájaro, y para ella, eso era la libertad

sábado, 11 de septiembre de 2010

Artificios con el tiempo


La gente que pasa por la calle sabe muy bien a dónde va, sobre todo si deja en la vereda algún tipo de huella. Aniceto las veía pasar todos los días y envidiaba esa noción de presente que las hacía moverse con tal seguridad. A lo mejor tan sólo le parecía, como nos parece siempre algo que por lo general no es, el hecho era que tenía un gran problema con el tiempo.
Hacía doce años que trabajaba en el mismo diario, en la redacción oscura de siempre con los escritorios inundados de papeles a punto de suicidarse (no era para menos). Aniceto subió de posición lentamente a través de los años, el jefe lo apreciaba pero eso no era suficiente, su cara lisa y llena de culpa también lo había ayudado. Desde chico las situaciones familiares lo llevaron a fingir ser buena persona, y cuando una forma de ser es disimulada lentamente se convierte en una triste máscara humana, Aniceto la llevaba y ahora, con cuarenta y cinco años no podía sacársela, se le había adherido a la piel y tomado la forma de sus rasgos. Era por eso que cada mañana cuando se levantaba y miraba al espejo no estaba seguro si era un buen tipo o una imitación de él, por las dudas, se percataba de disimular serlo todo el día, quizá de grande se convenció que lo era o quizá no.
La rutina en el diario era automática, su último puesto había sido el de “noticias breves” eso implicaba reducir en palabras un acontecimiento cotidiano, no era tan difícil buscar el tamaño justo de la verdad, sino pensar en futuro, imaginar un lector próximo y un tiempo imaginario. El jefe y grupo de redacción les había enseñado a los empleados a posicionarse en el límite de mañana, más allá de que podía sonar meramente filosófico o metafísico la idea era preparar el terreno para que el diario sonara fresco y actual. No era lo mismo entonces decir “esta madrugada” que “hoy”, cuando todavía no se habían apagado las luces de la noche anterior y los jubilados recién estaban cenando para acostarse y pensar mucho después en comprar el diario en el kiosco de la plaza. Probablemente no era un inconveniente para una mente acostumbrada a mentir, pero para Aniceto no era nada fácil. Ya demasiado tenía con fingir ser una buena persona (más de una vez habría querido escupirle a alguien en vez de sonreírle) como para cargar en su existencia ese tiempo falso y suspendido en el aire que debía usar como herramienta de trabajo todos los días. Al comienzo, ya hacía dos años que estaba en este rubro, sólo había disfrutado de tener un puesto más alto que el del pronóstico, sobre todo porque sus tías, con quienes vivía desde chico, lo habían felicitado y esa misma noche compraron una torta de chocolate para festejar. Ese primer tiempo sólo conformó a los otros y eso era algo de lo que estaba acostumbrado toda la vida, pero lentamente, sobre todo por las noches cuando tomaba el colectivo de vuelta se ponía a pensar. En un principio era el vértigo de lo que va a ser, esa nada que ocupa un espacio entre el presente y el futuro, donde por lo general se acumulan los planes y proyectos de la gente. Allí estaba concentrada su atención, en ese umbral misterioso que ningún filósofo había aprovechado del todo en sus teorías, pero después, mientras escribía también se sumó algo más. Este conflicto se complejizó de a poco, por un lado, cómo construir lo que todavía no existe y en segundo lugar qué era él en ese tiempo virtual donde estaba creando lo que iba a ser mientras los otros simplemente vivían acorde a las agujas del reloj. Pensó que se le iba un poco la vida adelantándose a las cosas más allá que tan sólo le dedicara todas las tardes. Esa comenzó a ser su preocupación cotidiana más que todo nocturna porque era la parte del día en los pensamientos de llenaban de lucidez. Al principio le preguntaba a sus compañeros, creyendo que podría ser una preocupación más colectiva o laboral pero ellos no sentían lo mismo y tan sólo respondían con cara de dormidos, la vida para ellos estaba en sus casas y el diario era sólo un lugar de paso. La diferencia era que Aniceto se había definido allí después de mucho tiempo y parte de lo que lo rodeaba ya era suyo. Se resignó a pensar en silencio, siempre lo había hecho pero ahora todo era más profundo y verdadero, buscaba una respuesta urgente, necesitaba ubicarse, el cuerpo, el alma y lo que sentía. Por ahora no sentía, percibía.
Ese tiempo virtual lo empezó a enloquecer, por eso, ante la aparición de una posible angustia o crisis, quiso recurrir a la imaginación. La imaginación es buena y suficiente cuando no hay más elementos en el mundo que nos identifiquen. Por eso, con cada noticia futura, con cada verbo en futuro imperfecto (porque el tiempo no es perfecto) creaba una situación y aunque esa no era la verdad le servía. Cada una de sus primicias tenía un destinario que él conocía, Aniceto intentaba hacer lo posible para reconocer su cara antes que esa persona de carne y hueso comprara el diario. Luego venía el escenario, la casa, la situación, el mate o no, el vino o la gaseosa, el trabajo, un beso o una pelea, los niños por ir a la escuela, el perro reclamando comida. El comentario posterior también estaba incluido, no siempre positivo porque si algo caracterizaba a Aniceto era la autocrítica.
Así fue pasando el tiempo, llenándose de ideas previas y conjeturas futuras, desde un punto de vista racional esa alternativa no tenía ninguna utilidad para el diario y mucho menos para quien lo leyera, pero a Aniceto le ayudaba mucho. Después de unos años pudo unir la enorme brecha que lo había atormentado entre el presente continuo y el futuro imperfecto, porque esa reconstrucción que nos hacemos de lo que será, aún no habiendo sido nada, es lo que permite reconocer que de vez en cuando también se puede jugar con el tiempo aunque el sol todavía no haya salido.

sábado, 3 de julio de 2010

La despedida

Se habían olvidado que estaban peleados, no había tiempo para recordarlo.
Por la vereda pasaban banderas con chicos, que no es lo mismo que decirlo al revés
y el sol… siempre el sol, ahí, único.
Era hermoso porque los gritos de emoción no eran reprimidos, por eso invadían las calles y a nadie le molestaba escucharlos.
Sonrió una vieja porque recordó que estaba viva.
La melodía del silencio explotaba con cada emoción, era la orquesta de todos.

Ese es el fútbol, ese motivo para estar juntos, cómo nos olvidamos de estar juntos mientras vivimos… qué lejos quedan los abrazos cuando los resultados se han desvanecido
Esta vez el técnico se quedó solo en el estadio hasta que la última luz se apagó, imaginaba que aún seguían jugando sus hijos, porque no eran jugadores, eran sus hijos que jugaban a ser campeones.
Un silbato colmó el vacío, era la hora
Unos papelitos de los hinchas estaban embarrados pegados a la suela de su zapato.
El cielo terminó de oscurecerse y hacía tanto frío… qué incierta se ve una cancha sin pasión.
El técnico lloraba, sus hijos habían crecido
Ahora alguien tendría que volver a nacer.

martes, 4 de mayo de 2010

La Congregación

La luz mortecina los hacía más viejos. El ambiente estaba demasiado viciado de humo y recién iban por las primeras etiquetas de cigarrillos. Sentados alrededor de una mesa ya se habían servido wisky y uno de ellos hasta se sacó los zapatos.
Aguirre fue el primero que dijo algo:
- Nos mandamos mañana y todos tranquilos- exhaló humo e hizo toser a Tejada que ya se estaba durmiendo
- No, esperemos, total tenemos tiempo, esto no se nos viene encima en por lo menos tres días- cerró los ojos y pensó en dormitar un rato
Ludueña saltó como si lo hubieran insultado y no esperó que nadie reaccione:
- ¿Estás loco, pelotudo?, nunca estuvimos tan jugados como ahora y vos me venís a decir que esperemos, tenemos a la yuta en la nuca…- tomó el último trago de wisky como si esa hubiera sido la última frase.
Guzmán salió del baño con el pelo mojado y el intento de una gomina improvisada, los miró con impaciencia y no atinó a sentarse, estaba demasiado nervioso:
- ¿Qué hacen ahí echados manga de inútiles? ¿acaso están esperando que les den el premio Nóbel a la cobardía?- se acercó a Tejada y lo sacudió, ya se había dormido del todo como su estuviera en su propia cama- Despertáte inservible, todavía me arrepiento de haberte llamado para esto, ¿y ustedes?, ¿piensan jugar al póker o al ajedrez de casualidad?- siguió parado, además ya no había más sillas. Tejada lo miró y se desperezó un poco, su voz sonó a bostezo:
- Uhh, tranquilo Guzmancito, todo va a ir bien, siempre hemos tenido suerte, ¿no te acordás de la última vez?
Ludueña, entre desesperado y enfurecido se levantó a buscar más wisky, el reloj daba las tres de la mañana y los grillos aturdían como si estuvieran en esa charla:
- No entiendo esta postura de ganadores, ¿acaso no se dan cuenta que nos estamos jodiendo nosotros mismos?, yo te sigo Aguirre y estoy con vos Guzmán, resolvamos esto lo antes posible que quiero seguir con mi vida normal-
- Bueno, entonces déjenmelo a mi, conozco gente que nos puede ayudar, si quieren la llamo ahora- miró el reloj- bah, a no ser que sufran de insomnio. Mañana los llamo-

En realidad debían definir todo esa misma noche, era una ilusión esperar unas horas más para que las cosas se complicaran el doble. La suya era una postura inútil y no hacía más que representar su inoperancia. Guzmán parecía ser el más decidido, quizá porque era el mayor responsable y se veía entre rejas antes que el resto.
Tejada se levantó apurado y agarró las llaves del auto que estaban sobre la mesa:
- Yo me voy che, no puedo hacer más que ustedes, además vos Guzmán parece que la tenés mucho más clara…- Guzmán, que todavía permanecía a su lado, lo tomó de la camisa con violencia y la gomina improvisada desapareció:
- ¿De qué carajo hablás imbécil?, vos de acá no te movés, estamos todos en la misma y tenemos que zafar juntos, ¿acaso no te dieron lecciones de solidaridad en el colegio?- Tejada le tenía miedo, todos, pero él mucho más porque se sentía inferior, digamos que le resultaba más cómodo. Se volvió a sentar y bajó la mirada, en el fondo sabía que no podría dar ninguna solución, entonces un sentimiento de obediciencia innato lo mantuvo al margen. Aguirre, después de mucho silencio también hizo su aporte:
- Definimos esto durante la noche y nos piramos al mediodía, los vecinos están comiendo y los viejos ya duermen la siesta-
- Tengo el auto estacionado cerca de la puerta, nos quedarían unos metros de evidencia y de ahí al baúl, todos tranquilos- dijo Guzmán mientras volvió al baño y los demás se quedaron pensando
- Bueno, basta de vueltas, la úlcera me está matando y acá ya no se aguanta el olor a cigarrillo- Agregó Ludueña mientras abría la única ventana que había en esa cocina, el sol ya empezaba a asomar lentamente y algunos árboles estaban iluminados.

Aguirre, Ludueña, y Tejada caminaron hacia el living, Guzmán todavía no aparecía, seguramente se estaba perfeccionando la gomina. Mientras los gallos se hacían protagonistas, bajaron al sótano casi al mismo tiempo. Tejada se quedó “haciendo de campana” aunque no corrieran ningún riesgo, era ya una costumbre.
Pasaron varios minutos que fueron interminables, el aire se respiraba denso y lleno de anuncios, el tiempo pasaba pero en realidad parecía que los estaba atropellando.
Tejada se sentó en un escalón y empezó a cerrar los ojos lentamente, al rato unos pasos que subían desde el sótano se escucharon, eso lo despertó e hizo que se parara.
Ludueña apareció con el rostro transformado, su palidez no tenía nada que envidiarle al color de la pared. Se detuvo frente a Tejada como si fuera la última persona en el mundo:
- El cadáver no está-

domingo, 25 de abril de 2010

Al otro lado



Hacía dos años, o quizá uno y medio que vivía ahí, al otro lado del mundo. China.
Le había prometido a su madre que haría las cosas con honestidad toda la vida y que aún no estando seguro, diría la verdad. Sin embargo no tuvo en cuenta que traicionarse a uno mismo era la peor de las mentiras. No sólo dejar de ser o de querer, eso probablemente tenía solución con el tiempo, el problema estaba en el temor de ir olvidando de a poco las palabras, las letras con las que en primer grado le había dicho a su hermana “Linda”.
Pasaba de la oficina a su casa y de su casa a la oficina y en el camino se cruzaba con otros chinos que hacían lo mismo aunque algunos se detenían a ver televisión por la vidriera donde otros chinos hablaban de China. Y a pesar de que su jefe le dijo que con este nuevo trabajo había evolucionado y no podía estar mejor, él sentía muy en el fondo que estaba yendo para atrás. No en una especie de mediocridad humana, sino que se le estaba desgastando la identidad de a poco y que en menos de diez años no podría decir nada que no fuera en chino. Seguramente su preocupación pasaba por el lenguaje, pero era un miedo absurdo por cierto, porque nadie se olvida de su lengua. No le molestaba tanto escuchar un idioma ajeno todos los días, como dejar de ver escrito el español.
El primer día sintió vértigo en el aeropuerto y el recorrido del taxi al hotel porque esos signos extraños invadían los espacios públicos y principalmente decían todo lo que quería decirse. Más adelante esas palabras aglutinadas estaban en las voces de las personas y en cualquier objeto que tuviera cerca. Dos síntomas se instalaron en él para expresar este rechazo, mareos y calambre en las piernas, muchas veces debía sentarse en plena vereda porque sentía que alguno de esos carteles se lo comería de a pedazos. Entonces, para encontrar una salida a esta tristeza de ser ajeno, a esta crisis inevitable de no ser ante los otros, comenzó a escribir a la noche, mientras todos los chinos dormían y sus amigos estaban trabajando al otro lado del mundo. Una vez que escribía en su idioma, lo reproducía una y mil veces en voz alta hasta memorizarlo. A la mañana siguiente, cuando se despertaba cansado y sin energías, habían quedado resquicios de ese escrito en su memoria, lo acompañaban durante el día y sonaban con ternura en su cabeza como si los repitiera un niño que recién aprende a hablar.

Su relación con el país de origen y las personas que allí habían quedado era inexistente, hubo al despedirse una serie de palabras definitivas que lo despidieron para siempre y él también prometió olvidarlos, la vida a veces es compleja y en un cuento no puede explicarse.
Al despertarse la nostalgia por el idioma pero también la necesidad de escucharlo, habían renacido todas las voces que lo usaban cotidianamente, era como una especie de rasgo único que los caracterizaba y allí estaba el afecto.
Comprendió, bastante tarde, que mientras uno forma parte de su mundo, aunque éste sea inmenso y no se lo conozca, no registra los ruidos propios, ni siquiera puede distinguir las palabras que viajan en el aire. Todo es muy rápido y demasiado conocido.
Lo que nos despierta y hace vibrar, es cuando esos sonidos ya no están, cuando nuestro alrededor se ha quedado en silencio y es llenado por los instrumentos de otra orquesta, los chinos o tal vez quienes no escuchamos.

viernes, 16 de abril de 2010

Todo se parece a la noche

Cerró el último libro que leería. Ahora a vivir.
Todavía resonaban las voces de sus viejos alumnos en la sala vacía. La enorme biblioteca de la facultad sin él se vería más grande, nadie limpiaría el polvo ni revisaría los espacios vacíos de la repisa con un interrogante absurdo. Sin embargo, ya no tenía nada que hacer ahí. Durante algunas noches reflexionaba mientras la araña del techo tejía y llegaba a la conclusión de que los viejos deben hacer otra cosa, si era posible, nada de lo que habían hecho hasta ahora.

Una y otra vez acariciaba el pañuelo de seda en su bolsillo y era un placer incomprensible para cualquiera que intentara entenderlo, se parecía mucho a la lluvia sobre sus ojos o tal vez a los cabellos de Silvia. El pañuelo, un objeto, estaba siempre ahí, a su lado y no lo cuestionaba, tenía vida, mucha más de la que tenían los otros. En esos instantes sus sentidos se resumían en un efecto y no necesitaba nada más que ese pañuelo.
Abandonar y abandonarlos, no abandonarse y dejarse abandonar, esa era la situación implícita y explicita para el ex profesor de letras. De letras y de números aunque nadie lo supiera porque a escondidas también contaba los días, los meses y los años, y así siempre estaba más tranquilo. Debía irse, pero ya habían pasado dos horas y el maletín continuaba abierto con esa postal de Alejandría en vista nocturna que llevaba a todos lados. Era un destino invisible como le decía a cualquiera que la admirara. Mirar no le bastaba, era un sentido incompleto no comparable al pañuelo de seda, hacía falta ir.

Fue por eso que tomó el avión para sentir. Nunca supo que sería tan difícil abandonar el mundo propio. Para un profesor de letras todos los lugares son ajenos sino no están escritos. Una imagen no alcanzaba. Debía también leerse. El viaje fue largo y durmió. Al llegar, rodeado de caras sombrías pero interesantes, comenzó a escribir, o quizá, si nos alcanzan las palabras, comenzó a escribirse.

jueves, 25 de febrero de 2010

Creo que no

Acaba de entrar y golpea la mano contra el pizarrón como todos los días. Su autoridad es tan vieja como los muebles de esa aula. Otra vez trae ese libro de Darwin con teorías que no lo van a dejar dormir.

Dos horas de sermón y un enigma: qué viene ahora.

Es tarde y sigue pensando en lo mismo, su hermana se asoma y le dice que ya está la cena pero que no podrá digerirla. Pablo saca el libro de su almohada y lo relee, insiste en ese párrafo “los seres humanos estamos obligados a aprenderlo todo, incluso a aprender” su perro duerme y lo mira desde la esquina de la habitación, ha comido hace rato y ahora no espera nada, mañana tampoco.

La religión desde que nació y le mojaron la cabeza lo ha confundido y ahora no sabe quién es, está condenado a plantearse cada minuto de su vida qué hacer con ella, hay una especie de proceso inconciente que lo conduce siempre a un interrogante. No comprende que la complejidad es más insoportable si se le hace caso. La semana que viene prometió al cura Roberto que se confesaría porque él lo había visto cabizbajo y el perdón de Dios lo alegraría. Sin embargo no piensa en eso, piensa en lo difícil que es la vida con miedo, se acuerda que le pegaban por no rezar en la mesa y construir fuertes con las estampitas. Juego… a dónde quedó su juego con tantos principios, porqué siempre le tuvo que tener respeto a la nada, a ese vacío con el que se enfrentaba estando solo en la iglesia los miércoles y escuchando únicamente el eco de sus pasos.
Una vez más esa frase, aprender a aprender, aprender a ser lo que los otros quieren, a decir las cosas tal cual las dicen, a coincidir con el resto de la gente, a cuidarse de sí mismo y de ese ser que lo atropella por las noches mientras sueña con el sexo. Aprender a no ser…
Cree que en ese momento estallará su cuerpo y llenará de pecado la habitación. Un humano domesticado en una jaula del bien.

Ahora ya no acude al padre Roberto, nada de eso le da alegría.
Comenzó a des-aprender, y des-aprenderse de sí mismo, por eso es que se encuentra doble y triple y cuadruple, dando vuelta la esquina y llamándose por teléfono. Comprende, al fin o al principio, que no hace falta otro, sino él, él, él.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Cuestión de cabezas


Método innovador: trasplante de cerebros. Una mujer ruluda lo anuncia en la televisión con poco interés en su mirada, la espera algo mejor en su casa, parece decir eso o lo insinúa. Simultáneamente a la noticia miles de mentes vacías encuentran una solución, nadie piensa que es algo determinante. Raymundo reflexiona y saca conclusiones mientras va por el quinto cigarrillo: uno va a empezar a ser otra persona, porque no hay posibilidad de descartar una vida grabada en un cerebro, por ende, el resquicio de personalidad será intercambiado. Sus pensamientos son interrumpidos por la voz de la periodista que bromea sin demasiada gracia y dice que los donantes deberán ser lo suficientemente interesantes para necesitar su cerebro. Raymundo completa esa idea y cree que en realidad se trata de donantes no huecos.
De pronto esta novedad invade los medios e incluso los almuerzos y las cenas con los desayunos improvisados incluidos y también los comentarios en el baño frente al espejo de mujeres arrugadas. A Raymundo simplemente esta posibilidad le genera escalofríos en el cuerpo y también en el cerebro, y como busca una razón a todo (por eso está solo), no comprende para qué sirve un trasplante de cerebro. Un segundo eterno, de esos que no terminan nunca lo detiene en el hall y elabora una teoría apresurada. Si de pronto éste método se transformara en costumbre y fuera algo así como la cura a un resfrío, habría transferencia de personas y de vidas de un cuerpo a otro y sería ad finitum. Sería más que tentador, aún sin necesidad de despreciar la mente propia, tener, sumergirse en lo que el otro fue y dejarse llevar por eso. Corre entonces desesperado a buscar uno de los libros de Freud que su padre le regaló cuando empezó psicología y nunca supo que abandonaría, y allí cree que habrá más respuestas, pero… ¿qué iba a saber Freud que en un momento la tecnología se burlaría de su precaria tesis?. Recurre al capítulo de Lo siniestro y la frase de Shemill “algo que de haber permanecido oculto igual se ha manifestado”, claro, ese algo está en lo inconsciente, pero lo inconsciente es propio y sorpresivo toda la vida, sobre todo en los sueños. Por Dios, dónde iría a parar todo esto… da unos pasos hacia atrás y tambalea una estantería con libros pero no se cae, cree que la estantería de Freud si se caerá y con ello todas sus obras interminables en la repisa. Todo lo solemne se esfuma cuando suena el timbre dos veces. Abre, Miguel, el amigo prosaico. Entra como siempre sin permiso y se ríe muchas veces en su cara pero no de él, sino de la mayor preocupación de Raymundo en ese momento, el trasplante de cerebros, una frase le hace eco y choca contra sus costillas: “qué verseros que están los médicos hoy en día, todo eso para sacarse unos pesos más”.
Raymundo sentado en su sillón piensa qué cerebro le gustaría tener en ese momento, pasan por su cabeza los nombres más reconocidos pero ninguno le interesa, nada de fórmulas y logaritmos. Sí en cambio el de un alpinista al llegar a la cima, el de un nadador a punto de tirarse del trampolín, el de una mujer al salir de la peluquería y verse más linda. Y bucea, por el tiempo, por las experiencias, por las imágenes y no encuentra mejor mente que la cotidiana. Ahora piensa, su cerebro es de lo más común que existe, sin embargo aprecia mucho las reflexiones que produce antes de dormirse y el modo en que entiende a la vida, no cambia por nada la pasión con que lee el diario y no reemplazaría tampoco su infancia en el campo con sus abuelos. Qué más interesante que eso, que lo que uno es y qué más preciado, como nada en el mundo, que el punto de vista propio. Ahora Raymundo se ha dormido y probablemente sueñe, su cerebro se encargará de fabricar alguna historia, y al otro día despertará asombrado porque el inconsciente develó algún secreto. Nadie puede apropiarse de eso, ni siquiera la ciencia.

martes, 3 de noviembre de 2009

No puedo olvidar recordar

No recuerdo si aún tengo memoria, por eso le pedí que escribiera todo lo que había olvidado.
No pensé que en un pequeño papel pudiera caber toda una vida, ella escribió dos frases: “corrí por el jardín”; “la mano de mi mejor amigo sobre la mía”, y eso me pareció suficiente, sin embargo me preguntó qué más podía escribir. Le pedí una semana para poder resucitar algo en mi memoria, y el único resultado fueron dos lágrimas.
Cada tarde veía a mis nietos llegar de la escuela y sentarse en el umbral de la puerta a comer caramelos, hablaban en un lenguaje ya ajeno al mío. Nada se parecía a mis recuerdos, era imposible encontrar algo que los represente. Fue entonces que descubrí el poder la memoria. Busqué fotografías de mi vida, y eran viejas como yo, alguna prenda especial, alguna canción o alguna poesía, no había coincidencia, yo quería decir otra cosa. Necesitaba encontrar la pureza de una imagen, próxima o lejana que me derribara alguna noche, esa sensación infantil de ser sueño o realidad que ahora no lograba. Todos los días empezaba a vivir y no sé qué quedaba atrás.
Los otros podrían ayudarme, quizá podría verme en alguien con los años que ya no tenía, alguno, de todos los que existen en este mundo podría parecerse a lo que fui y entonces sería muy fácil reconocerme. El espejo me devolvía una imagen vacía, un manojo de arrugas y una mirada perdida. Esa no quería ser yo, la mujer del tiempo que no se dio cuenta de su vulnerabilidad no me interesaba. Buscaba a la otra, a la que aún era pero nadie veía, y esa otra estaba escondida aquí dentro de mi cabeza, y yo no podía revivirla.
Mi hija seguía con la hoja en blanco esperando que yo la llenara.
Sin embargo, una mañana, mientras abría el ropero para cambiar esta figura desnuda, pude ver en la madera de la puerta una inscripción, una fecha, “10-07-45” , una muchacha joven me tomó el brazo y me sacudió, no sé de donde habría salido.

sábado, 26 de septiembre de 2009

El mismo camino

Un día yo seguí a un loco.
No pensaba encontrarme con nadie, la vereda, en su vista panorámica, estaba vacía, la gente únicamente cruzaba la calle para estar rápidamente al frente, no sé porqué…
Tenía tiempo y me pareció interesante dejarme llevar por la locura de otro, aunque ahora que lo pienso mejor, ¿qué es la locura?. Acaso los dos caminábamos de la misma manera y hacíamos dos pasos cada cinco segundos, y mirábamos el semáforo y nos extrañaba cómo el viento se llevaba los diarios de días pasados. Nada nos diferenciaba. Los dos teníamos rumbos aunque yo seguía el suyo, pero la objetividad del destino era idéntica.
Lo seguía y él no lo advertía. Los locos creen que nadie los sigue por admiración o placer, en cambio, aún así tristemente se sienten perseguidos. Alguien les puede hacer un daño o los está buscando. Qué sucedería si por un momento él supiera que me interesaba saber a dónde iba.
Yo disponía de todo el tiempo del mundo y parecía que el loco también, los dos caminábamos tranquilos y cruzábamos la calle con el mismo cuidado. De pronto, comencé a sentirme extrañamente identificada con él. Se transformó en mi alter ego, porque si tanta curiosidad me despertaba seguirlo algo mejor que yo tenía. Qué sería eso superior entre nosotros. No se trata de una comparación improvisada. Sostengo, que ese ser, tenía algo supremo que me disminuía. Me detuve y lo miré, su espalda seguía caminando, qué pasaba si yo no lo seguía más, qué se llevaba él consigo, qué iba a perder yo de mí con ese loco. Efectivamente, lo perdí un poco de vista y un vacío me invadió, uno de esos vacíos inexplicables en los que uno está toda la vida preguntándose con qué los llena. Desesperada, corrí, busqué en las cuadras siguientes su paso despreocupado. Allí lo vi, parado en una esquina, dispuesto a cruzar, destino claramente definido, su casa. Dónde viven los locos, qué lugar definen como su hogar. El resto vive solo, ellos están juntos, se están defendiendo, de nosotros.
Ahí me paré, a su lado, a la par, iguales. Él me miró, despreocupado e inmutable, pero pude percibir que una sonrisa asomaba, producto de la alegría de estar loco. Y me sentí loca, y me contagió, y lo seguí a su casa, a donde estaban todos, defendiéndose.

sábado, 22 de agosto de 2009

Los ojos de otros nos miran



El bar los esperaba o ellos esperaban al bar. Todos los martes se veían y respiraban el aroma a café en una suerte de espiral que los envolvía.
Cómo es posible que el cine nos haga llegar tan lejos, cómo es posible que tengamos alas y podamos salir volando de una sala sin siquiera rozar los mosaicos. Livianos ir por sobre la avenida y por sobre los autos tocando casi los cables de televisión. Mauricio había llegado volando al bar donde su amiga lo esperaba, no necesitó que le abrieran la puerta porque entró por la ventana. La película le atravesó el alma y la historia lo hizo personaje. Un café lo esperaba, ya casi tibio, y ella le sonreía, como lo había hecho la actriz en la penúltima escena antes que el viejo del proyector prendiera la luz y todos salieran rápidamente al baño para secarse las lágrimas.
El cine une a la gente y la hace hablar en los pasillos, todos parecen haber estado en esa historia, aún caminando por la vereda encuentran ganas de comentarles a desconocidos lo que sintieron, como cómplices de un mismo evento. Eso era lo que creían estas dos personas que entraban volando a un bar y se sentaban para poner en común esa sensación.
Cada martes, uno de ellos exhalaba una idea y el otro la aspiraba, era como una especie de respiración recíproca, como un único cuerpo que se alimentaba de aire cinéfilo, que olía a pasado e inmortales miradas.
Un martes, uno de los tantos en los que se reunieron en el bar, Mauricio trajo en sus manos una mirada que había tomado de la pantalla, abrió con cuidado las manos y se la mostró a su amiga, eran unos ojos negros que parpadeaban algunas veces con tranquilidad. Él había elegido únicamente esos ojos porque en ellos estaba depositada toda la historia de su vida, sorprendido descubrió que su vida figuraba intacta en esas pupilas, entonces pensó que esos ojos no podían ser más que suyos. Su amiga le sonrió otra vez con ternura y no vio nada en esas manos, sino toda su humanidad dibujada en lo que decía.
Sí, probablemente esos eran sus ojos, pero aún así sus manos eran exactamente las de siempre, por eso ella las tomó y las sintió tibias. Otra vez respiraron el mismo aire, y se miraron con los ojos de otros, que desapercibidamente, habían quedado para siempre en la pantalla.

Basada en una hermosa sensación al ver la
película El secreto de sus ojos.

martes, 30 de junio de 2009

Pasos hacia atrás

Los pasos la habían aturdido desde temprano, pero aún así ella no dejaba de caminar.
Era la cuarta vez que recorría la misma cuadra y aún ese ruido permanecía a su lado, quizá no a su lado sino unos metros detrás. Se parecía a los pasos que ella daba cuando llegaba tarde al trabajo, acentuados, permanentes, sordos. Todavía así no podía reconocerlos a pesar de que la estaban invadiendo de a poco.

El paisaje la mareaba cada vez más al punto de identificarse con esos árboles que daban el mismo giro cuando pasaba. ¿Para que caminaba tanto? ¿A dónde quería llegar realmente?, empezó a comprender que ese objetivo estaba íntimamente ligado a su necesidad de saber quién estaba detrás suyo, era alguien tan complicado que no había pensado en darse vuelta para saberlo.
Poco a poco sus pensamientos también comenzaron a ser invadidos por ese eco, ya no se trataba de un sonido exterior que la perturbaba físicamente sino que la materia espiritual comenzaba a asfixiarse. Poco a poco ya no era ella, era eso, eso que la seguía cada vez más insistentemente. Era el otro.
Optó por cambiar el camino y meterse por unas callecitas anónimas, pero esos pasos seguían, Dios, y cómo…
Sintió que únicamente la noche la observaba. ¿Qué era todo esto?, su identidad poco a poco empezaba a desgranarse y la voz se le escapaba por el aire que respiraba. Los años empezaron también a disminuir al punto que se convirtió nuevamente en una analfabeta y cuando llegó a la plaza principal empezó a gatear. Las palabras ya no tenían sentido en su boca, sino que eran un montón de balbuceos inútiles.
Los pasos dejaron de existir, y ella se durmió sobre un banco con el arroró de la calesita.

martes, 19 de mayo de 2009

El laberinto del fin


Hace dos días que tendría que haberlo hecho. Ayer, vi que empezaba a leer un libro y me dio pena que no pudiera terminarlo. Ahora, de nuevo, está sacando algo de su maletín con inquietud y pienso que puede llegar a ser algo que lo motive a seguir viviendo. Por ahora lo observo, pero realmente no estoy seguro cuándo apretaré el gatillo. Lo que me llevaría sacar la mano del bolsillo es el mismo tiempo en el que probaría un sorbo de café y eso es también disfrutar la vida.

Hoy lunes no ha sacado ese libro, puedo suponer que lo ha terminado de leer a la noche, quizá le ha llevado más de seis horas llegar al final y eso no lo ha dejado dormir. Es probable que elija leer para aprovechar sus últimas horas, horas que en realidad dependen de mí, y de lo que yo haga con este revólver.
Pasa la mañana entera y no sale de ese bar. Ya ha fumado demasiado y el mozo se ha cansado de traerle café. Les ha sonreído a dos nenes y ha mirado a dos mujeres solas. Por un momento intentó ponerse el sobretodo y salir, pero algo en la televisión que cuelga del techo lo ha obligado a volver a sentarse.
Creo que es mejor que salga, la sangre va escurrir por la vereda y llegar a la alcantarilla, ahí se mezclará con los orines y eses de la gente que en este momento cruzan la calle. La vida se irá callada, junto con el ruido del río de agua podrida. No sería bueno que en un bar tuvieran que limpiar muerte. Si hay algo que aprendí de ser asesino, es encontrar el lugar exacto donde darle fin a la gente. Cada persona, de manera distinta, tiene un lugar específico para morir, sino lo hace allí, puede suceder que en un tiempo no se lo recuerde.
Él debe morir en la vereda, justo al salir del bar, cuando ya haya pagado su último café y tirado su viejo cigarrillo.

Tengo hambre, pero no puedo moverme de aquí. Alguien entra. Una mujer con un niño, busca con la cabeza a alguien, a él. Se está sentando, el niño quiere irse, solloza. La mujer habla mucho y le muestra papeles. Pensé que había resuelto todo en su vida, que sólo le quedaba morir. Esto no tiene sentido. No puedo pensar en el fin de alguien con tantas personas vivas a su alrededor. La mujer lo está acariciando, llora. El niño sube a su falda, juega con su collar de perlas. Él la rechaza, quiere que se vaya y se está enojando. Saca algo de su maletín, no son los cigarrillos, es dinero, mucho dinero. Se lo da. La mujer se va y lo saluda desde la puerta con el niño en brazos que llora con desesperación. Pero yo no escucho nada, no escucho los sonidos del fin porque estoy con Bach en los oídos, siempre he dicho que la música clásica permite que la muerte sea más hermosa. Otra vez solo, otro cigarrillo. Creo que me vio… debo esconderme, ¿a dónde?, gira su cabeza, no puede haberme visto, el plan era lo inesperado, pero algo no puede ser más esperado que esto.
Necesito que deje de estar en contacto con la vida. Debe separarse de esa aureola que nos envuelve cuando caminamos y sabemos que nuestro fin está lejos, pero que somos finitos. Debe resignarse, debe terminar de fumar, de ver televisión, de mirar a la gente reír, al mozo secar los vasos, a la cajera contar billetes, a los viejos planear la muerte.

Un momento, está por salir, toma su sobretodo de manera definitiva y se despide del olor a café. El sonido de Bach lo llama. Está hipnotizado. Sale. Mano en el bolsillo, revólver helado que entra en contacto con la mano, dedo en el gatillo. Pasos de esclavo, llega a la esquina, metros de la alcantarilla. Dedo en el gatillo, dedo en el gatillo, fuerza. Un silencio. Una caída. Sangre infinita.

domingo, 17 de mayo de 2009

Pequeño homenaje al Gran Mario Benedetti

Un poeta muere cuando sus poemas ya no producen nada...

Corazón coraza

Porque te tengo y no
porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos
porque la noche pasa y digo amor
porque has venido a recoger tu imagen
y eres mejor que todas tus imágenes
porque eres linda desde el pie hasta el alma
porque eres buena desde el alma a mí
porque te escondes dulce en el orgullo
pequeña y dulce
corazón coraza
porque eres mía
porque no eres mía
porque te miro y muero
y peor que muero
si no te miro amor
si no te miro
porque tú siempre existes dondequiera
pero existes mejor donde te quiero
porque tu boca es sangre
y tienes frío
tengo que amarte amor
tengo que amarte
aunque esta herida duela como dos
aunque te busque y no te encuentre
y aunque
la noche pase y yo te tenga
y no.

domingo, 26 de abril de 2009

El hombre que no quería que muera un terrón de azúcar

Cecilio había descubierto lo que nadie todavía hubiera pensado. La gente que toma las cosas con azúcar es mucho más dulce o al menos accesible al trato humano.
Todo esto lo pensó un día en que se quedó sin azúcar, ni edulcorante en su casa y tuvo que tomar un té, unos mates y hasta un café amargo. El efecto le duró unas semanas. Recluido en su habitación, solamente salía para ocasiones extremas, como comprar cigarrillos, y no toleraba su reflejo en el espejo porque le delataba un hombre mezquino que en cualquier momento lo insultaría. Probablemente su estado de ánimo no tendría mucho que ver con haberse quedado sin azúcar, quizá algo menos importante, como no tener ningún amigo, lo habría aislado de la sociedad.
Cuando se recuperó estuvo decidido a hacer un estudio de este curioso fenómeno. Tres noches seguidas se infiltró en los bares y restaurantes y se metió los terrones de azúcar, todos sin dejar una miguita, en los bolsillos. Quiso imaginar que la gente que fuera a pedir un café después de la cena o compartirlo con alguna persona, tendría que tomarlo amargo, inevitablemente. El experimento ya se había desencadenado. Dos días después una multitud de amargos divagaba por las veredas del centro. Cecilio notaba cómo se chocaban entre sí y chistaban, lo poco que les interesaba el sol, y la manera en que caminaban, con esa urgencia huidiza de llegar a casa.
Y creyó, con ese poder que puede sentir alguien que logra descubrir algo, que definitivamente el azúcar solucionaba todos esos problemas.

Los terrones de azúcar esperaban viejos, cada vez más viejos en los bolsillos de su sobretodo. Los había olvidado, una vez que comprobó su teoría.
La noche del lunes, una idea que lo pinchaba le hizo saltar de la cama. Con el pijama a medias y los pies congelados se sentó sobre su sillón desvencijado y tomó uno de los terrones de azúcar. Lo retuvo entre la palma de sus manos un momento y lo acarició con los ojos. El terrón, poco a poco se estaba desgranando. En unas horas iba a formar parte de un montón de azúcar junto con los terrones compañeros y se transformaría en una determinada proporción de azúcar que alguna cocinera utilizaría.
No se dejó llevar por el duelo, todavía estaba a tiempo de salvarlo. “Este terrón simboliza la dulzura de la gente, si se muere, morirán los otros y ya no habrá nadie, pero nadie, a quien le gusten los abrazos”. La suya era una misión importante. Pero el tiempo, el tiempo también diluye todo, incluso esto. Con las reflexiones haciéndole cosquillas se dirigió hacia la alacena y tomó un frasco opaco de tantos años. Ahí metió el terrón tirando el resto de los terrones del bolsillo. Esa noche no durmió.

martes, 14 de abril de 2009

Cliché de comisuras

Desde los suburbios de mi boca
te beso
aunque tus labios
se hayan mudado de esquina

jueves, 9 de abril de 2009

Pérdida a la mitad



Hacía dos semanas que no la veía, o mejor dicho, que no había vuelto a ver la llegada de su sombra por la esquina y doblar para tomar el colectivo con él.

Los humanos tantas veces están junto a cosas que no descubren, podría hasta decirse que viven rodeados de lo mínimamente hermoso, pero es invisible, o está en el aire, y los ojos necesitan las formas para encontrarle un sentido a la existencia y valorarla. Lo bello es transparente, como el aire que deja alguien que pasa, y se transforma únicamente, en una ausencia perfumada.
Tristán había empezado a sentir ese vacío. Poco a poco su cuerpo se iba despojando de sensaciones, y terminaba aferrado, con furia, a una sola, la posibilidad de sentir algo por alguien. Quien entraba a su casa se olvidaba de lo que era una necesidad, un espacio asfixiado de cosas caras y de poca o ninguna utilidad. Toda su vida se había dedicado a conseguir lo novedoso, a querer sorprender a los otros con un objeto nuevo y único, nunca se preguntó para qué compraba esas cosas, ni tampoco si realmente lo quería. Con el tiempo lo que empezó a faltar de llenar fue su interior. Nadie puede armar un lindo living, ni poner unos cuantos floreros de cristal sobre la mesa del alma. Ahí adentro uno está solo y tiene que encontrar la manera de poblar ese terrible desierto.

Tristán no sabía que esto le estaba pasando, nunca lo supo. Todas las mañanas, cuando iba en colectivo a trabajar, millones de personas subían y bajaban dejando el mínimo rastro de haber estado allí. Caras anónimas iban y venían y a Tristán eso no le importaba. Aunque, todas esas mañanas en esa vorágine de dirigirse a alguna parte, alguien estaba. Una chica con ojos grises siempre se paraba al lado de Tristán y trataba de rozar su mano, nunca lo había podido lograr, porque él siempre optaba por el caño de arriba, y sin nadie saberlo, todos los días era una batalla constante en la que dos manos querían conocerse y tocarse, una lo sabía, la otra lo sospechaba.
La chica de ojos grises siempre bajaba en su parada absolutamente derrotada. Pensaba que no volvería a verlo, o que si lo veía, él tampoco la descubriría.
¿Y cómo se puede hacer para que alguna magia del tiempo, de esas que encantan a los árboles en invierno, produzca alguna especie de revelación momentánea, que modifique todos los odiosos órdenes existentes, y sacuda el frío con el que laten los corazones?, no, esas cosas no pueden suceder. Si puede suceder que Tristán, un día, se diera cuenta que la muchacha de los ojos grises lo estaba mirando. Justo en el momento en que ella tocaba el timbre, el colectivo frenaba y bajaba sin demasiado ritmo. Y ahí, en ese instante, él sintió que se le iban un montón de sensaciones nuevas de las que no se había apropiado, justo en el momento en que la puerta terminó de cerrarse y el colectivo volvió a arrancar. La mente es poderosa, o intenta serlo, para hacerle un favor a este muchacho sin esperanzas, le trajo un montón de recuerdos que había reprimido e iluminó su memoria. Casi como una suerte de film mudo de los años veinte, las imágenes se repetían con una melodía que sonaba a despedida. Recordó que ella siempre había estado sentada a su lado en la parada, y que llegaba justo diez minutos después de que él se sentara en un tronco parecido a un banquito. Supo que conocía su sombra mejor que nadie, y que podía distinguir de lejos el color de su bufanda.
Todas estas imágenes en su cabeza sólo representaban lo lejos que en ese momento la muchacha de ojos grises estaba. Probablemente cruzando una avenida muy transitada, o quizá llegando a su casa y buscando la llave en su cartera.
Tristán empezó a sentir que había perdido algo, algo que todavía no había tenido. Entendió que en un segundo, no sabía bien de qué día y de qué hora, una mínima posibilidad se le escapó, y se había parecido mucho al aire que en ese momento se iba de sus pulmones.
Ya no tenía demasiado de ella sin siquiera conocerla. Cuando iba volviendo para su casa se detuvo un momento y vio que su sombra se separaba lentamente de él hacia la esquina. Dos minutos después se iba con otra, la de la muchacha de ojos grises.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Atmósfera

Voz que no puede decir nada
y calla

Besos que quieren vivir y
los mata el cuerpo

Las palabras, tus palabras, mis palabras
y todo el silencio que las esconde

Mínima distancia
roce pequeño y atormentado
Calor
de aliento
y deseo

Una vez más te vas
dejándome
con un grito en el pecho

sábado, 14 de marzo de 2009

Filosofía de colectivo

Nadie le hubiera dicho que iba a terminar ahí, sentado en un colectivo y saludando a la gente. A Bruno no le importaba demasiado. Toda su vida estaba hecha de buenos consejos, de caminos que él nunca transitaría, siempre alguna cara borrosa se le asomaba y le recomendaba que hiciera otra cosa. Pero ¿cómo explicar que él era feliz siendo chofer?
Todo había empezado cuando se fue de casa, el día en que le dijeron que el póster de Kiss en su habitación atentaba contra el Señor. Y él les preguntó qué señor. Su madre, una mujer gorda y llena de modales inútiles quería que Bruno fuera no sé qué cosa. Su padre, un tipo flaco y muy alto siempre asentía con la cabeza y prendía un cigarrillo. Ése día, Bruno se fue a la libertad. No la libertad de dejar su casa y mantenerse solo, sino esa satisfacción de tomar decisiones propias y que ninguna voz extraña las sentencie.
El primer tiempo tuvo que arreglárselas en lo de Víctor, un amigo que quería aplastar pollitos como Kiss alguna vez, y por ahora practicaba con los peluches de la hermana. A la mamá de Víctor no le gustó mucho la idea, pero era una mujer contenta que dejaba pasar las cosas. No duró mucho ahí, algunos meses.
Fue en ese tiempo, en el que encontró trabajo en una empresa a las afueras de Córdoba, cuando tenía que viajar mucho en colectivo. Tomaba tres de ida y tres de vuelta, y a pesar de que resultaba bastante cansador, Bruno encontró una mística en esos viajes que fundó una nueva manera de ver las cosas. Descubría, cada día, una historia distinta a través de una situación. En los colectivos pueden verse las cosas sin ser partícipe, y esa es una suerte de observación que pocos poseen. Se preguntaba por ejemplo, porqué las personas se miran tanto entre sí, porqué cada vez que sube alguien, todos lo miran, y después, cuando se suma a esa masa viajante, terminan adaptándose, es como una especie de ruptura en esa realidad, una y otra vez, en la que se van incorporando extraños que empiezan a ser luego conocidos. Se preguntaba también, a dónde van todos, porque todos van a algún lugar, y qué significa esa breve espera, qué tipo de expectativa sostiene esa paciencia con la que muchos van sentados. Más allá de pobres reflexiones casi metafísicas, Bruno encontraba apasionante el viaje en colectivo. A pesar de que para muchos es automático, y la vida también lo es, él se tomaba el tiempo necesario para reconocer de qué se trataba todo eso. Qué magia extraña había juntado a todas esas personas en un vehículo, y las transformaba en compañeras siendo tan anónimas y tan públicas. Nadie volvería a verse con nadie. Alguno que otro quizá se cruce en la calle alguna vez, pero no se identificarán, porque las caras son como sombras de ese viaje, que es único, a pesar de que se repita una y otra vez, y a pesar de que el chofer sienta que da vueltas siempre en un mismo lugar.
Un día, Bruno se acercó a hablar con uno de los tantos chóferes con los que viajaba, y a pesar de que éste no le dio demasiada importancia, se sacó todas esas dudas, en realidad no aclaró ninguna, porque no respondió, ni siquiera reaccionó. Bruno, luego de este gran desengaño tomó una decisión, él mismo sería chofer y filósofo de colectivo, él podría encontrar las respuestas a todas esas preguntas.
No fue demasiado difícil serlo, un pequeño curso preparatorio. Sus compañeros lo encontraron extraño desde el principio, un hombre tan apasionado por ser un simple chofer, no tenía demasiadas explicaciones, muchos deseaban irse, encontrar una mejor opción. Ser chofer estaba relacionado con tener una vida mediocre. Pero esa no era la idea de Bruno, él deseaba conocer el objeto de su inquietud estando inmerso en el medio, había leído en algún lado, alguna vez, que los filósofos del siglo XVIII necesitaban introducirse en la sociedad participando para poder comprender al hombre. Claro que su pretensión era mucho más modesta. Simplemente existía una filosofía de colectivo que nadie todavía había desarrollado.
Así fue que empezó a ser chofer, y cada vez que lo decía su cara se iluminaba o sus ojos se llenaban un poco, no demasiado, de lágrimas. Era melodramático, pero no por una cuestión constitucional, sino porque su madre se lo había inculcado los miércoles de novela, esas novelas llenas de historias fáciles y conmovedoras, Bruno la acompañaba sentado en el sillón, y poco a poco, empezó a ser un poco así, llorón.
El modo en que llevaba a cabo su función era algo inusual. Un chofer común, se limitaría a manejar el colectivo, recibir los cospeles y dar los tickets, y si es algo educado, saludar cada vez que alguien sube. Pero Bruno, además de todo eso, hablaba mucho con la gente, y le preguntaba cosas. En realidad era un exhaustivo estudio, todas las mañanas llevaba una pequeña libreta con preguntas, y se las hacía a la gente que subía. Muchos lo tomaban por curioso, hasta por metido y desubicado, él preguntaba por ejemplo: “¿hacia dónde va?”; “¿cree que podrá seguir en contacto con toda esta gente?”. Era así, que con algunas pocas preguntas que recibía de sus pasajeros, al finalizar el día, llegaba a su casa, y sin siquiera sacarse el uniforme, empezaba a escribir. Escribía teorías, conclusiones e hipótesis abiertas, se sentía cada vez más comprometido, y creía que podía encontrar una gran respuesta. Las respuestas son por lo general, para solucionar algún tipo de interrogante, pero Bruno se había hecho tantas preguntas que no cabía respuesta para satisfacerlas. Duró así seis meses. Él hubiera querido estar toda la vida así, investigando, pero un día lo llamó el jefe de su empresa de colectivos y le pidió por favor que renuncie. Muchas personas habían llamado reclamando sus incumbencias, y las situaciones incómodas que generaba tratando de averiguar cosas que no le correspondía. Bruno colgó y lloró mucho más que por todas las novelas que había visto. No sólo falló su proyecto, sino que descubrió algo muy triste, a la gente, por lo general, no le gusta que la conozcan.